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miércoles, 11 de mayo de 2016

Eterna viajera


Hace un mes que me mudé a Bolivia y medio año  en América Latina.
Empiezo a sentir como la grietita de la distancia se abre cada vez un poco más y hay días que escuece, que me recuerda lo lejos que estoy y me llama la tierra.
Me encuentro en Santa Cruz de la Sierra, haciendo frontera con Brasil. Atrás quedó Cusco y allí quedó también algún pedacito de mí. Aunque no me doy tiempo a echar raíces voy construyendo nostalgias en cada tierra que vivo, despidiendo amigos y sabiendo que probablemente no vuelva a recorrer los callejones, bares y mercados de aquella ciudad.
Volver a empezar en otro país, tratando de tejer frágiles redes para sobrevivir. Intentando volver hogar las extrañas paredes y los colchones con pulgas. Pretendiendo volver míos los rincones ajenos. Incorporando nuevas palabras para hacerme entender. Seguir sorprendiéndose y aprendiendo en cada paso de este camino que no sé a dónde me lleva.
Identidad que se complica, fragmenta y desborda, pues ya no sé si tengo el alma de viajera o soy una especie de migrante intermitente.  Si viajé por elección, si fue una huida o en cierto modo acabaron echándome. Tal vez cualquiera de las tres opciones encierre algo de verdad.
Hay días que reniego de esta vida seminómada que emprendí hace ya ocho años (Suecia, Portugal, Guinea-Bissau, Senegal, Perú, Bolivia…) días que quiero regresar para empezar a construir nido en alguna rama. Después, ese mismo pensamiento me aterra, me asusta la estabilidad y volver a escuchar de nuevo el ruido de las cadenas, regresando a la alienación, precariedad y frustración.
Inconforme siempre, pero consciente de que  tengo la suerte de poder buscarme la vida en otras tierras, sin tener que saltar vallas manchadas de sangre, huyendo del hambre o las balas, poniendo en riesgo mi vida.  Migrante o viajera que no ha tenido que vivir el calvario del racismo y la humillación. Migrante o viajera que siempre tiene la opción de volver, pero que no tiene billete de vuelta.
Viajera que se halla  cuando está más extraviada, sabiendo  que me encuentro con mi más profundo yo, cuando estoy lejos. El perpetuo debate entre ecos y proyecciones,  el síndrome del viajero  eterno me parece que lo llaman…
La necesidad de querer estar constantemente en otro lugar y viajar continuamente con la mente allí,  la ansiedad de sentir que te estás perdiendo cosas. 

La alegría de no arrepentirme de mi hoja de ruta y seguir coleccionando historias.

Cusco-Perú.


viernes, 17 de enero de 2014

Soy una tubab, no lo puedo evitar.

paulatounkara
Reserva natural de Dindefelo. (Senegal) 

3 meses ya!!  Que han pasado extrañamente lentos y rápidos a la vez.  Estoy en el ecuador de mi estancia en Senegal. Ya he vivido la mitad de la experiencia y hoy, si pudiera en un abrir y cerrar  de ojos me transportaría por unos días a España, con un solo día me valdría para recargar pilas y continuar.



Voy empezando a necesitar una ducha. Hablo de una ducha de esas en las que abres un grifo y sientes como  el agua te cae a presión por todo el cuerpo a la temperatura que tú decidas y en la que tienes las manos libres y te puedes ahorrar  hacer equilibrios para que los pies no se te llenen de barro.  Mi espalda y cuello agradecerían muchísimo una cama. Una cama con su somier y su colchón de muelles y una almohada, en lugar de una espuma carcomida, sucia y fina como el papel de fumar sobre  unos bambús sujetos con piedras y un burruño de ropa para la cabeza.  Mis talones piden a gritos piedra pómez y estar remojados durante horas en agua tibia, las plantas de mis pies tienen ya un color negro incrustado y mucho callo.  Me gustaría tirarme en un sofá mullidito o en su defecto poder sentarme en algún lugar con respaldo, en vez de andar todo el día de cuclillas.  Poder leer o escribir por las noches sin tener que forzar la vista a la luz de una vela prendida, que parece muy bucólico y romático pero os aseguro que es una mierda bastante incómoda. Por un día me gustaría entender todo lo que oigo y que me entendieran todo  lo que hablo.  Deseo con todas mis fuerzas abrir una nevera, admirar su interior emocionada y tras unos segundos de embobamiento por la variedad, atracarla, comérmelo todo de una sentada, aunque no sé si mi estómago aguantaría tanta innovación y cantidad. Echar la ropa a la lavadora y no preocuparme de sacar agua del pozo y frotar sin ningún resultado, pues aquí la ropa siempre está sucia.  Hacerme un chequeo médico de pies a cabeza y asegurar que todo está en orden y que no tengo habitantes pequeños con nombres raros viviendo  a costa de mí. Pasar desapercibida, ser una desconocida y no conocer a nadie, no sentirme observada, dejar de ser blanca, volverme transparente. Necesito unas cañas con sus respectivas tapas, aunque  estas fuesen un cutre revuelto de frutos secos, del cual, por supuesto no me comería los panchitos.  Desterrar el cacahuete de mi dieta, aunque fuese solo una tregua de 24horas. Necesito también unos litros con los amigos, en un parque cualquiera, tirada en un césped. Dejar de espantar a las pesadas moscas. Barrer sin tener que doblar mi espalda. Volver a sentir el frio, incluso ese que hace que te duelan los huesos.  Ver un día llover y mojarme.  Dejar de estar empapada en una capa de sudor continuo. Olvidarme del  arroz, quizás no en forma de paella. Dormir hasta no poder más, sin gallos ni mezquitas como despertador obligatorio. Ver un plato y querer comérmelo con los ojos.  Un buen fiestón con su correspondiente mañaneo. Agua y luz con un simple movimiento de muñeca. Un conciertazo de esos en los que te quedas afónica. Rodearme de la familia y los amigos. Dejar de desayunar pan duro  y leche en polvo. Ponerme un pantalón  corto si me da la gana. Un baño, con su wc y su cisterna y su rollo de papel higiénico. Poder moverme por la noche sin depender de una linterna. Dejar de ser vegetariana. Conseguir unos minutos de puro silencio y volver a mí concepto de intimidad.
Aunque esto fuese solo por un día. Un día de lujos, vuelta a la comodidad por 24horas, para luego volver a vivir en la pura naturaleza, en la tierra que todo te lo da y todo te lo quita.
Soy una tubab, no lo puedo evitar y por muy feliz y adaptada que aquí me encuentre tengo mis días de morriña. Pero esto sigue! 3 meses más de pura vida por delante y a exprimirlos!

Sé que irrediablemente a la vuelta  lo que echaré de menos será mi parte africana. BESOOS.

jueves, 20 de octubre de 2011

Mujeres mauritanas.


Mujeres mauritanas sentadas en la puerta de un mercado. (acuarelas y rotus)
Mujer mauritana en el puerto de Nouadhibou (acuarelas y rotus)


PAULA MUÑOZ ANTÓN

lunes, 26 de septiembre de 2011

RUTA TRANSAHARIANA (mapa del recorrido)

El continente olvidado por excelencia, la cuna del hombre.
Cuando pisas su tierra queda impregnada en tí y va contigo allá dónde tu vayas. Su textura puede ser suave como la seda o bruñida y trabajada como las manos de sus hombres y mujeres.
África es espeluznantemente bella ,capaz de lo mejor y lo peor. Es capaz de evocar tristeza y alegría al mismo tiempo, arrancarte una carcajada y desplomarte en un sollozo. A veces dormida y desconsolada otras eternamente viva.
Su ritmo a veces te arrastra y atropella ,otras te mece lentamente y acuna el estress característico de occidente en un sopor pausado y profundo.
Sentirla y vivirla te llena de energía a la vez que te inmoviliza.
Su aroma natural a tierra, a hoja a fruta puede embriagarte, pero esa naturalidad sin falsos perfumes sintéticos también puede llegar afixiarte.
Sus gentes duras, aparentemente impenetrables te abrazan y acogen sin esperar nada a cambio.Los niños inocentes y puros te dan lecciones de vida.
África la madre naturaleza, la tierra saqueada.
Lugar de culturas ancestrales, la gran desconocida. Sus ritmos y danzas te hipnotizan. A veces vibrante y sonora otras tan callada y silenciosa.
África la tierrra de las contradiciones no deja a nadie indiferente...

LA RUTA

Ahora que tengo tiempo , puedo dedicarme a escribir sobre mi viaje de vuelta de Guinea Bissau.
Aquí he dibujado un mapa donde estan indicados los puntos donde párabamos.
Las lunas son las noches que pásabamos en cada lugar, muchas de ellas están por el camino ya que viajábamos por la noche para ahorrarnos el pagar un hostal , intentar no enterarnos de los largos caminos y pasar menos calor por el sofocante desierto del Sahara.

1ª Etapa: Bissora-Bula-Zinguinchor-Dakar.
*Tres noches en Dakar.
2ªEtapa: Dakar-Sant Louis-Rosso.
*Una noche en Rosso
3ªEtapa: Rosso-Nouakchott.
*Tres noches en Nouakchott
4ªEtapa: Nouakchott- Nouadhibou
*Una noche en Nouadhibou
5ªEtapa: Nouadhibou-Dakhla
*Una noche en Dakhla
6ªEtapa: Dakhla-El Aáiun)
*Una noche de transporte.
7ª Etapa: El Aáiun-Essauira.
*Una noche de transporte + dos noches en Essauira
8ªEtapa: Essauira-Marrakech
*Tres noches en Marrakech
9ªEtapa: Marrakech-Fes.
*Una noche de transporte + dos noches en Fes.
10ª Etapa: Fes-Chefchaouen.
*Una noche en Chefchaouen.
11ªEtapa: Chefchaouen-Tetuan-Ceuta-Algeciras.
*Una noche en Algeciras.
12ªEtapa: Algeciras-Cadiz.
*Dos noches en Cadiz.
13ªEtapa: Cadiz-Madrid............



PAU













jueves, 7 de julio de 2011

Ruta por Cassamance (3ºParte)

A la mañana siguiente nos despertamos dispuestos a emprender una nueva travesía, esta vez en velero. Finalmente decidimos navegar desde Carabanne hasta Zinguinchor (algo que nos llevaría un par de días). Una vez allí volveríamos a Guinea, Abraham y Neus cogerían un ferri para Dakar y Alex se quedaría esperando en Zinguinchor algunos días a Francisco y Adela.

Fue René quien decidió lanzarse al agua y nadar hasta el velero que estaba anclado a unos 30 metros de la orilla para avisar al pirata que dormía en él, de que estábamos dispuestos a partir.

Recogimos los macutos y nos fuimos a comer a casa de Francisco y Sheriff un arroz con pescado riquísimo. Después de una larga sobremesa sentados en la arena de la playa, nos movilizamos para buscar un bote que nos acercara con todo el equipaje hasta el velero de Alex. Fue una tarea complicada, tuvimos que hacer equilibrios para conseguir embarcar todos: René, Ivana, Lucía, Panto, Neus, Abraham y yo, más todos los macutos, una docena de huevos, dos garrafas de gasolina y 18 litros de agua, en un bote que media apenas 2 metros de largo y 1 metro de ancho. Como no conseguíamos remar con la suficiente fuerza, nos tuvo que ayudar Saliff, un joven de la isla con la fuerza de un toro, que se lanzó al agua para empujar la barca hasta llegar al velero. Al otro lado de la orilla quedaron agitando sus manos para despedirnos Francisco, Sheriff, Adela y Buba, el pobre niño lloraba sin parar por nuestra partida.

Una vez todos en el velero, comenzamos a ordenar los equipajes dentro del pequeñísimo camarote, como si jugáramos a un tetris. A pesar de las estrecheces y la falta de movimiento conseguimos acomodarnos rápido y zarpar, a eso de las 17:00h.

El velero se llamaba “Genia” era pequeño, pero disponía de un modesto camarote donde dormía Alex y una salita con un par de camas individuales y una cama doble, un fogón de gas y un diminuto baño. Con tanta gente en el interior, el lugar se hacía claustrofóbico y era un autentico horno, por eso prefería permanecer en cubierta aunque el Sol me quemara la piel.

El paisaje era realmente espectacular, a medida que nos adentrábamos en aquel enorme rio parecían pequeños islotes de selva y manglares dispersos en el agua. El Cassamance es el rio más grande que he visto en toda mi vida, pues había momentos en los que se hacía muy difícil avistar ambas orillas. Tuvimos que navegar sin las velas izadas, pues había demasiada corriente y era arriesgado ya que el barco podía encallar y después resultaba muy complicado moverle, por esta razón debíamos llevar reserva de gasolina y navegar a motor.

Cuando comenzaba a anochecer el capitán del “Genia” cambió el rumbo para meterse por el interior de un bolón, un entrante de agua entre dos enormes manglares. Al intentar adentrarse la quilla del velero tocó fondo y se encalló en la arena, Alex tuvo que estar maniobrando media hora para conseguir salir de allí y todos los demás debíamos seguir sus indicaciones para repartir el peso y facilitar el proceso, el cuál no duró mucho tiempo. Según nos adentrábamos, la selva se hacía más espesa y se escuchaban sonidos de animales a un lado y a otro. Todos íbamos sentados en la cubierta, pendientes de cualquier chapoteo en el agua. Como en la tripulación llevábamos dos biólogos el viaje se hizo aún más interesante.

El atardecer en aquel barco fue increíble, el Sol rojo se escondía a lo lejos detrás de baobabs y palmeras, dejando una silueta morada en el horizonte. Llegó la noche y tuvimos que echar el ancla. El barco se mecía suavemente como una hamaca y en medio de aquella completa oscuridad y tanta selva virgen, comencé a sentirme muy perdida y algo insegura. Conciliar el sueño iba a ser tarea difícil. Miraba a un lado y a otro y todo lo que abarcaban mis ojos era absoluta negrura pero si miraba hacia arriba contemplaba un mar de estrellas. Cuando el barco se mecía y se formaban pequeñas olas, en el agua resplandecían diminutos puntitos de colores fluorescentes que parecían purpurina formados por el plancton suspendidos en el agua.

Alex, comenzó a contar historias que cada vez apretaban más fuerte el nudo que se había formado en mi garganta. Nos avisaba de que el ancla podía soltarse y el barco podía andar a la deriva durante toda la noche, de manera que nos desviaría la ruta y andaríamos perdidos. Aunque nos tranquilizaba diciéndonos que no podría llegar muy lejos, mi imaginación echaba a volar y veía en mitad de la nada, deslocalizada pues la radio en aquel lugar por supuesto no tenía señal.

No sólo me preocupaba viajar a la deriva durante toda la noche, si no también los animales acuáticos que se ocultaban en aquellas aguas. Sabíamos que había tiburones martillo, pues ya nos habíamos encontrado uno muerto en la orilla de Carabanne. Alex además nos había hablado de que en aquellas aguas también habitaban tiburones tigre, manatíes que se ocultaban entre las raíces de los manglares e incluso cocodrilos y pitones que podían salir de la selva y sumergirse en el agua. De hecho Alex en su travesía conoció a un francés que navegaba por aquellas costas que tuvo una mala experiencia con una serpiente que se le subió al velero y a la que tuvo que echar a palazos.

Con todas estas historias, fue realmente difícil dormir, aparte del apretado espacio y el calor húmedo que nos empava como si nos estuvieran tirando cubos de agua por todo el cuerpo. Cuando trataba de conciliar el sueño la cadena que amarraba el barco hacía un ruido terrible y de vez en cuando el velero se zarandeaba más de la cuenta. Nuestro capitán, nos intentaba calmar diciendo que eran pequeños peces que jugueteaban alrededor del ancla, pero a mí aquello me parecía un enorme bicho que prefería no imaginar.


Atardecer en el Genia

Después de una noche a duermevela, los primeros rayos de Sol penetraron en mi cuerpo llenándome de tranquilidad. Salí a cubierta y al ver que el barco no se había desamarrado y aquel espectacular amanecer me carguó de energía positiva. Alex se había despertado muy activo y estaba preparándonos el desayuno, crepes con chocolate y té, un manjar para todos esos estómagos que ya llevábamos mucho tiempo en África. Tras el desayuno, zarpamos para Zinguinchor.

A mitad de viaje el barco volvió a encallara en un enorme banco de arena, asique tuvimos que realizar el mismo proceso, cuando Alex decía a popa, pues a popa corríamos todos, luego a proa, babor y a estribor, pero por muchos esfuerzos que hacíamos el velero no salía, pues esta vez la quilla parecía estar muy enterrada. La única solución era tirarnos todos al agua para reducir el peso. Tras dudar un poco, pues chapotear en aquellas aguas para nadie se hacia un plato de buen gusto, uno tras otro fuimos tirándonos al rio Cassamance. Nos enganchamos en el cayac porque el agua tenía mucha corriente y nos arrastraba.


No sé cuanto duró el proceso, pero a mí se me hizo eterno. Después del remojón y una vez el velero fuera del banco continuamos la travesía con tranquilidad, acompañados de unos cuantos delfines que de vez en cuando se acercaban para juguetear. Así llegamos a Zinguinchor, donde nos despedimos de Alex, Neus y Abraham, pues a nosotros aún nos quedaban unas tres horitas de viaje hasta llegar a casa.


Cogimos como de costumbre un transporte que nos prometió dejarnos en Bissorã pero cuando llegamos a Bula a 1h de nuestra ciudad, el coche paró y no quiso continuar, nosotros nos negábamos a salir pues ese no había sido el trato y a esas horas nos iba a costar mucho encontrar transporte hasta Bissorã. Al final vimos una candonga y nos subimos a ella, se había hecho de noche esperando a que la furgoneta se llenara de pasajeros. A mitad de camino las luces de la camioneta se apagaron, no se veía absolutamente nada, pero el coche continuaba andando a toda velocidad. Comenzamos a gritar pues aquello era realmente peligroso. Los caminos están llenos de personas y animales que van de un lado a otro, además de que nosotros éramos un punto negro en la carretera y cualquier coche nos hubiera podido llevar por delante. Gritábamos para para!! Pero el coche continuo andando en la completa oscuridad unos cuantos metros, hasta que paró y en pocos minutos arregló la avería. Fue un gran susto pero llegamos a Bissorã sanos y salvos después de un increíble viaje por el sur de Senegal.

PAU

domingo, 19 de junio de 2011

Ruta por Cassamance (2ªparte)

Al pisar la arena de Carabanne me sentí en un autentico paraíso. Es una isla con una superficie considerablemente grande y una población insignificante para sus dimensiones, pues apenas dispondrá de unas 50 casas, una mezquita y un par de tiendecitas y todo el resto se encuentra recubierto por selva virgen y bonitas playas rodeadas de palmeras cocoteras que parecen agacharse para beber del agua salada del mar.

Nada más llegar nos salieron a recibirnos algunos habitantes, una mujer nos había preparado comida, pues el chico del bar de Elinkin la informó de que íbamos a llegar a la isla. Después de comer decidimos dar un paseo para buscar un lugar donde dormir. Durante el trayecto nos acompaño Buba un niño de unos 4 añitos que se enganchó a mi mano y no se separó hasta que encontramos el sitio donde íbamos a pasar nuestros días de vacaciones. Después de visitar unos cuantos hostales, decidimos quedarnos en un campamento llamado Badji Cunda, el más acogedor de todos, pues eran cabañitas con techo de paja a la orilla del mar, y también el más barato. Los dueños de aquel lugar eran una pareja de hippies franceses ya cincuquentones que durante los 6 meses de seco vivían en la isla y durante la época de lluvias volvían a Francia. Eran una pareja bastante curiosa, el hombre era un músico loco y la mujer parecía vivir en una especie de limbo. Todas las noches se armaban buenas juergas en el campamento. Comenzaban con las cervezas y luego se pasaba al pastis (anís), hasta el momento en el que la cuenta era imposible de llevar porque el dueño estaba tan borracho que no conseguía apuntar en la lista lo que tomábamos. Además de los jefes del Badji Cunda y nosotros, se unían a la fiesta el resto de hospedes que se alojaban en el campamento, que no eran muchos. Una pareja de italianos de unos cuarenta años, que por las noches no se movían de la barra del bar y por el día no se despegaban de la toalla tendida en la arena de la playa y una mujer francesa con su hija y su pareja. La mujer era una hippie también de unos cincuenta y tantos que se unía siempre a la fiesta acompañada de su instrumento, una melódica con la que se arrancaba siempre acompañada de alguien que tocaba el djembe o la guitarra. Su hija no debía de pasar los 12 años, no se despegaba de su gatito y parecía estar algo aburrida de aquellas vacaciones y harta de las excentridades de su mamá, aunque a nosotros nos parecieran muy divertidas. La pareja de esta señora era un viejo rasta nativo. Era un hombre parco en palabras, grandote y cojo. Sus rastas ya tenían un color grisáceo y siempre las llevaba cubiertas con un enorme gorro de paja, también tenía una frondosa barba que le cubría la cara y le ensombrecía el rostro a la vez de darle un toque entrañable. Siempre estaba sentado como a la sombra y margen de todo, no participaba en los diálogos, pero se expresaba con su guitarra vieja y desafinada. 


La verdad que formábamos una mezcla peculiar de gente de varias procedencias y edades. Desde la primera noche se formó un clima muy agradable y en cierto modo los comencé a sentir como una pequeña familia. Cada quien con su locura, conectamos perfectamente y aunque no podía expresarme mucho verbalmente por el tema del francés, tampoco hizo mucha falta para que todo fluyera entre la música y el pastis. Además de los que vivíamos en el Badji Cunda, por las noches se acercaban algunos isleños, que no eran muchos pues Carabanne tiene una población bastante reducida (500 habitantes).



A parte de la peculiar fauna del campamento, conocimos a Alejandro y Francisco. Una tarde mientras Panto y yo explorábamos la isla escuchamos una voz que gritó: ¡Españoles!, giramos la cabeza y nos encontramos con dos chavales, uno de ellos melenas y barbudo y con un marcado acento andaluz y el otro alto delgado y rubio con aspecto y acento francés. Aunque resultó ser portugués de 28 años que llevaba más de nueve meses viviendo en Carabane.

Francisco es antropólogo y está realizando un estudio sobre la influencia de la presencia blanca en las antiguas colonias europeas del continente africano. Vive en la casa de un nativo llamado Sheriff, un hombre tranquilo, de unos 40 años y movimientos pausados, que vive de la pesca con su pequeña canoa de madera. Aquella casa de paja, levantada en mitad de la arena y decorada con pieles de cabra tintadas, me recordaba al escondite de un viejo pirata. En realidad aquella isla perdida en la desembocadura del rio Cassamance podría ser el escenario perfecto para rodar la Isla del Tesoro. A medida que descubríamos a Francisco nos sorprendíamos más. Habla español, inglés, francés, alemán, italiano, algo de wolof y djola (lenguas de Senegal) e incluso criolo. Francisco había viajado desde Lisboa hasta Guinea-Bissau en autostop con la sola compañía de su mochila, no le bastaba con una vez, este viaje lo ha recorrido 3 veces. De hecho el fue el “culpable” de que el gusanillo que teníamos de volvernos en coche hasta España haya crecido y nos hayamos decidido a embarcarnos en esta nueva aventura. Llegar hasta Marruecos en transporte público cruzando Senegal, Mauritania y Sáhara Occidental. De hecho el nos acompañará en la vuelta hasta España.

Sobre Alejandro podría contar mucho, creo que tiene tantas historias como para escribir un libro. Nos dejó a todos con la boca abierta cuando nos habló de su aventura: había llegado a la isla en su pequeño velero, pasando 12 días en alta mar, desafiando los peligros del océano totalmente sólo. El velero no media más de ocho metros, era de segunda mano, el piloto automático se le había averiado por el camino y además no disponía de ninguna formación, ni titulo de navegación.

Alejandro partió del puerto de Málaga con la intención de llegar a Brasil, sus amigos bromeaban diciéndole que no llegaría ni a las Canarias. Cuando atracó en las islas, otros marineros le convencieron para cambiar el rumbo destino a Senegal, pues el barco no reunía las mínimas condiciones para la hazaña de cruzar el atlántico. Su arrojo, pasión por la vela y la confianza en si mismo le habían ayudado a llegar hasta la costa del África Occidental. Nos comentaba que había sufrido momentos difícil, sobretodo cruzando el estrecho. Es un punto muy complicado donde el mar es muy bravo, debido a que es un lugar donde se juntan diferentes corrientes. Había tenido que huir de la policía, pues le podrían haber multado, por no disponer de titulo y tener la licencia caducada, además de llevar un cargamento de ropa que iba repartiendo por diferentes aldeas aisladas en diferentes islas senegalesas. Tampoco podía acercarse demasiado a las pateras, algo que le resultaba realmente duro, pues comentaba que la gente se encontraba en tan inhumanas condiciones que eran capaces de todo y podían asaltarle, aunque desde el barco les tiraba bidones de agua para ayudarles, pues probablemente llevaran más de 10 días sin beber una gota. Pasamos la noche escuchando anécdotas y nos revolvió las ganas de montarnos en su velero, aunque fuera apenas para ir a conocer otra pequeña isla vecina.

Alejandro viajaba casi sin dinero y había llegado hasta Senegal haciendo trueques con otros marineros, cambiaba ropa, herramientas y aquellas cosas de las que podía prescindir para obtener gasolina, comida, agua…. Nos comentó que andaba algo apretado de pelas, para la vuelta y nos propuso un viaje en su velero con desayuno, comida, cena y cama para pasar la noche, por menos de lo que pagábamos en el Badji Cunda. A todos nos pareció una idea genial, pues todos ganábamos.

Al día siguiente llegaban a Carabanne Neus, una amiga de alicante y Abraham, su compañero de viaje. Ambos biólogos habían pasado un mes en Senegal, en un parque natural con una beca estudiando los chimpancés, y el impacto del turismo en el parque. Junto con Neus y Abraham llegó otra española llamada Adela. Esta chica estaba viajando sola por Senegal, iba de una ciudad a otra con intención de asentarse por un tiempo en algún poblado para aprender danza africana. Al final en aquella isla perdida en el Atlántico, nos juntamos un grupo muy diverso de españoles y un portugués compartiendo unos días de vacaciones.

PAU

viernes, 17 de junio de 2011

Ruta por Cassamance (1ª Parte)

Salimos de Bissorã un viernes, día de Lumo (mercado grande en la ciudad). Toda la gente está en la calle y han venido mujeres, hombres y animales de varios lugares del país. Nos dirigimos ha “Paragem” con la intención de coger un coche que nos deje en Bula, punto de partida. No tenemos planeado nada y no sabemos muy bien cual será nuestro destino, todo depende de lo rápido que encontremos coches para llegar hasta Zinguintchor, capital de Cassamance (Senegal). Tenemos suerte, un coche de ADPP (la ONG con la que trabajamos) se ofrece a llevarnos en la parte de atrás del 4x4 hasta Bula, una vez allí cogemos una Candonga (furgoneta grande para unas 20 personas) que nos lleva hasta Sao Domingos, ciudad guineana que hace frontera con Senegal. Allí cambiamos de coche para llegar a Zinguinthor. Cruzamos el punto fronterizo y unos cuantos controles militares. En uno de ellos nos paran para registrarnos los macutos y pasamos un momento de risas al ver que uno de los militares confunde un bote de Albahaca con un frasco de Marihuana, fue divertido explicarle lo que era.

En la capital de la región buscamos otro coche que llegue a Cap Skirring, una ciudad costera al Sur del país, primer punto de parada para pasar algunos días. El camino, es espectacular, la naturaleza es increíble pero se encuentra plagada de militares camuflados, algo que estropea un poco el paisaje. Nada más llegar a la ciudad y bajar de la Candonga, unos cuantos rastafaris se disponen a ayudarnos a buscar un lugar donde pasar la noche. No nos hizo falta caminar mucho para percatarnos de que aquel lugar era destino de veraneo de muchos turistas franceses, pues la ciudad estaba totalmente acondicionada para los guiris, restaurantes, mercados de artesanía africana y grandes hoteles, algo imposible de ver en Guinea. Decidimos quedarnos en unas cabañas a pie de la playa, alejadas del barullo urbano, a un precio realmente barato para lo increíble de las instalaciones. Nos acomodamos y nos preparamos para hacer una cena española, pues teníamos un surtido de embutidos que Lucia había traído la semana pasada de España. Nos dimos un gran homenaje con morcilla burgalesa y jamoncito, algo que no habíamos catado desde hace 5 meses y que realmente echábamos de menos. Invitamos a los dueños del hotel, pero sólo Paco, un guineano, pudo probar la comida, pues los demás eran musulmanes y se perdieron el festín. Después de la cena fuimos caminando hasta la ciudad para ir a un concierto de música tradicional Djola y Mandinka (etnias del Sur de Senegal y Guinea). Allí nos encontramos con los rastas que nos habían acompañado a buscar alojamiento. Al principio nos parecieron muy majos, pero al final acabamos algo cansados, pues aparecían en cualquier lugar donde nosotros estábamos y fue difícil quitárnoslos de encima, pues eran autenticas lapas.

Al día siguiente bajamos a la playa, cuando estábamos tumbados comenzamos a escuchar algunas voces que nos eran bastante familiares, giramos la cabeza y nos encontramos a Pura y Antonio dos amigos extremeños que conocimos en Guinea y trabajaban como nosotros de voluntarios, casualidades de la vida estaban durmiendo en las cabañas vecinas. Panto, Luci y yo decidimos ir caminando por la orilla hasta un cabo que sobresalía, por el camino un senegalés se ofreció a acompañarnos hasta un pueblo de pescadores a unos 3km de donde nos encontrábamos. Al llegar vimos un ajetreo de pescadores que llegaban con sus canoas de madera, pintadas con alegres colores a la orilla del mar. Las embarcaciones sólo conseguían salir del agua empujadas por docenas de hombres. Estos pequeños botes iban cargados de pescado y marisco de todas clases. Había ostras, gambas, cangrejos, tiburones, peces martillo…

El pescado se limpiaba en el momento de llegar y luego era vendido a las mujeres, que más tarde se encargaban de distribuirlo por los diferentes mercados callejeros. La arena de aquel lugar quedaba llena de montones de tripas de pescado y desperdicios, por los que las gaviotas se peleaban. A lo lejos de aquel tumulto de personas, pescado y barcas se alzaba una enorme montaña formada por caracolas. Era un gran cementerio de conchas que disponía de una escalerita de madera para subir hasta la cima, donde llegamos con cuidado escogiendo las mejores caracolas para quedarnos de recuerdo. Después del largo paseo hasta las cabañas, llegamos completamente quemados y cansados, una ducha, unas cervezas, algo para comer y a la cama, pues al día siguiente queríamos partir a conocer otro lugar que aún no teníamos muy claro: Djemberen o Carabanne.

Despertamos a las 10 de la mañana, hora que en Bissorã es impensable pues ya se encarga la mezquita, los animales y los niños de que seamos bastante más madrugadores. Después de un bañito en la playa, nos preparamos los macutos para partir finalmente a Carabanne, una pequeña isla situada al norte de Cap Skirring, en la desembocadura del gran rio Cassamance en el océano atlántico. Para ello debemos dirigirnos primero a Elinkinne, lugar donde se cogen los botes que llevan a las diferentes islas. Gambia un rasta que trabajaba vendiendo artesanía en la playa nos ayudó a encontrar transporte y en menos de 30 minutos un coche nos estaba esperando en la puerta. El viaje pasó rápido y ameno, pues no íbamos apretujados como el resto de las veces y en la radio sonaba Bob Marley, mirar por las ventanas era espectacular y relajante, a derecha e izquierda se levantaban enormes palmerales. Diferentes tipos de palmeras se mezclaban formando un bonito bosque tropical. De vez en cuando cruzábamos algún pequeño rio bordado por manglares que clavaban y enroscaban sus raíces en el agua. A veces la vegetación desaparecía por completo y la tierra se quedaba desnuda de un color anaranjado con apenas algunos matorrales secos que se difuminaban con el horizonte.


Puerto de Elinkine

Al llegar a Elinkinne nos recibieron unos cuántos chicos que se encargaban de transportar viajeros en sus pequeñas embarcaciones de colores. Aún faltaban un par de horas para que el cayuco partiera a Carabanne, decidimos comprar la seña y esperar en el único bar del pueblo. A las tres horas nos vinieron a buscar los chavales pues la barquita estaba lista para partir. Era una patera de madera que disponía de un pequeño motor, nos dieron uno chalecos salvavidas de un naranja pálido y roídos por la fuerza del Sol. En el momento de subir, crucé los dedos porque aquella patera no me inspiraba ni la más mínima confianza. Una vez que arrancó y comenzó a navegar la barquita entre los manglares, me sentí más tranquila, pues el mar no estaba picado y era como una enorme balsa de agua. A un lado y a otro se veía tierra cosa que me daba bastante tranquilidad. El gusanillo del principio desapareció e incluso me atreví a dirigir la barca. Es bastante sencillo, no hay más que llevar la palanca a la inversa de donde quieres desplazar el bote. Durante unos 20 minutos estuve dirigiendo el cayuco, pero enseguida me agobié cuando vi que unas cuantas olas rebeldes azotaron la barca y mojaron el interior. Preferí dejar el timo a su dueño y volver a mi lugar, también Lucí probó a ser timonera. El viaje duró apenas 40 minutos. Y a unos 45 metros de llegar a la oriya la paterita se paró y los dos dirigentes se tiraron al agua. Me quedé bastante desconcertada, no sabía lo que estaba pasando. De repente toda la gente que se encontraba en el cayuco comenzó a lanzarse al agua. La isla quedaba lejos pero el agua no sobrepasaba la cintura. Me pregunté ¿y ahora, como voy a llevar el macuto y la cámara de fotos sin que se me mojen? No pude pensar mucho, uno de los chicos me cogió en brazos, pensé que sólo me ayudaría a bajar, pero se colocó el macuto en los hombros y a mí me cogió a la sillita de la reina para llevarme hasta la misma orilla, el otro chaval hizo lo mismo con Lucia. Y al resto de la gente les tocó mojarse el culo. Yo me moría de la vergüenza pues no entendía porque debía tener aquel privilegio en vez de llegar andando por el mar como todo el demás. Pataleé y le suplique que me bajará, la situación era incomoda y cómica al mismo tiempo, al final le convencí y me dejó en el agua solo necesitaba que me ayudará con el equipaje. De esta forma llegamos a la isla.

PAU

jueves, 17 de febrero de 2011

Viaje 4ºparte: Banjul-Zinguinchor




Puerto de Banjul

Aquí  llega la última etapa del viaje y también la más breve.
Despertamos temprano empaquetamos macutos y nos dirigimos  en compañia de Mattar a la Highway (así llaman a las carreteras principales en Gambia).Después de esperar más de 40 minutos al toca-toca (autobús) y ver que tardaba demasiado, decidimos coger un taxi que nos llevó hasta la parada central donde nos despedimos de nuestro amigo gambiano, que tan bien nos había acogido y tratado.  En unos 10 minutos ya estábamos montados en un 7plazas  que nos dejo en una tabanca no muy alejada de la zona. Al llegar allí tuvimos que cambiar de coche, nos montamos  en una furgoneta 24 personas bien apretaditas y pasamos  unas 5 horas de viaje hasta llegar de nuevo a Zinguinchor. Esta vez estaba tan cansada que no me importaba ni lo más mínimo las condiciones de la furgo ni el número de personas que viajábamos en ella. Dormí como un tronco la mayoría del trayecto. Este es el tramo donde se concentra el conflicto por la independencia de Cassamance. Por el camino entre cabezada y cabezada observé impresionada y algo asustada la cantidad de militares escondidos entre el follaje de la selva. Cada 500m encontrábamos alguna trinchera entre los matos. A parte de la presencia militar la carretera estaba llena de troncos, ruedas de camión y más trastos  en forma de obstáculos para dificultar la huida de los rebeldes. Asique e viaje hasta llegar a Zinguinchor fue en forma de S, para poder sortear las barricadas.
Las fronteras entre Gambia y Senegal se hacen a pie ya que los coches de uno y otro país no las pueden cruzar debido a las malas relaciones entre ambos. Se dice que Gambia acoge a los rebeldes.
Al llegar a nuestro destino, volvimos a casa de Aisha, donde encontramos a Uri hecho un autentico trapito. Acababa de llegar de Dakar. Había viajado durante 25horas sin paradas en una furgoneta con 18 personas más y unas cuantas gallinas. Asique decidimos que lo mejor que podíamos hacer era dormir. A las 8 de la tarde ya estábamos todos en la camita dispuestos a curarnos de todo el cansancio.  El viaje había llegado a su recta final, al día siguiente nos esperaba la última etapa para llegar a nuestra querida Guinea-Bissau.

PAULA MUÑOZ ANTÓN

domingo, 6 de febrero de 2011

Viaje 3ª parte: Dakar-Banjul

Finalmente optamos por la aventura, ya habían pasado un par de días y todo andaría calmado después del altercado.
Madrugamos un poquito para despedirnos de Mamadú y Hadí, también de René y Uri que decidieron quedarse en Senegal.
Cogimos un coche que nos llevaría directamente al nuevo destino: The Gambia. El trayecto dio para hablar mucho con los otros viajeros con los que compartíamos coche, especialmente con Binta, una gambiana de 20 años y Fatu, una señora muy grande con mucho caracter y desparpajo. Fatu nos ofreció su casa como hostal, tres personas por noche y comida incluida 8.000 xfca (11€). Nos pareció genial y decidimos ir con ella, tampoco sabíamos muy bien donde íbamos a dormir al llegar. En la frontera nos libramos de pagar gracias a Fatu, normalmente piden un mínimo de 10.000 xcfa, además tuvimos la suerte de ser sellados con un visado de 28 días. Cogimos un barco que nos cruzaba el río hasta llegar a la capital, Banjul (unos 20 minutos de trayecto) una vez allí, la policía nos paró, para registrarnos minuciosamente e intentar sacarnos algo de dinero, pero no consiguieron nada, una vez mas gracias a Fatu. Cogimos un taxi hasta la casa de esta mujer, allí Binta se despidió de nosotros diciéndonos que la llamáramos si algo no nos gustaba.
La casa estaba más lejos de lo que nos imaginábamos, de echo estaba en otra ciudad. Durante el trayeto pude observar la enorme presencia policial existente en este país, lo cual me dejó impresionada, me produjo una mezcla entre miedo y respeto.
Llegamos a Ido Tawn, un lugar muy alejado y sin electricidad, algo que en Guinea es común, pero que en Gambia te sorprende. Entremos en casa y nos acomodamos en la habitación, es aquí cuando Fatu nos mostró su otra cara: la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas. Trató de timarnos, engañándonos con el precio, en el coche habíamos acordado 8.000 xcfa, ella ahora nos decía que eran 8.000 Dálasis (moneda de Gambia), unos 260 euros. Nos quedamos a cuadros, era un precio imposible, nos levantamos dispuestos a marcharnos, aunque no sabíamos donde, entonces ella aflojó, dándose cuenta que no nos iba a sacar mucho dinero. Llegamos a un acuerdo, aunque nos subió tres euros más el precio inicial, no teníamos ninguna opción.
Después de sentirnos timados, la estancia en aquella casa y con esa mujer dejó de ser tan idílica. Fatu comenzó a producirnos un profundo rechazo, además de que era incómodo verla paseándose en bolas por toda la casa, mostrando su enorme cuerpo sin ningún pudor. En cambio, la familia parecía algo mas sencilla. El hijo, un colgao que de unos veintipocos que había sobrevivido en Londres vendiendo Marihuana, y el marido, un señor muy callado y poquita cosa al lado del caracter de su señora.
Al día siguiente despertamos plagados de picaduras de mosquitos, no conseguimos dormir. Panto contó al rededor de 120 picaduras en su cuerpo, raro será que nos libremos de la Malaria. Llamamos a Binta, la chica que conocimos en el viaje, para pasar el día con ella. Nos presentó a Mátar, su hermano, que trabajaba en el mercado de Serakunda (otra ciudad). Cerró la tienda para acompañarnos en el paseo. Nos llevaron hasta Kachicali, donde pudimos cocodrilos. Me impactó muchísimo verles tan de cerca, tan cerca que incluso los toqué.
Con los cocodrilos de Kachicali (The Gambia)

En un solo día habíamos estado en tres ciudades diferentes, debido al diminuto tamaño del país. Matar y Binta eran encantadores, sin conocernos de nada nos trataban con una cercanía impresionante. Nos ofrecieron ir a su casa para vivir el resto de los días totalmente gratis. Aceptamos la propuesta, ambos eran muy amables, nos inspiraban mucha confianza y queríamos huir del castillo de la Reina de Corazones.
Nos desplazamos hasta nuestra nueva residencia en Gambia, allí estaban: la madre de Binta y Mátar, cuatro hermanos e Ismael, el hijo de Binta. Nada mas entrar en la casa sentimos la gran hospitalidad.
Esta misma noche, 31 de diciembre, nos acompañaron a buscar unas uvas por todo Gambia, al final las conseguimos acompañadas de una botella de anís. El tiempo se nos echó encima y nos tuvimos que comer las uvas en un taxi, cantando nosotros mismos las campanadas, sin saber la hora, los minutos ni los segundos al compás libre.
Celebramos la nochevieja en una zona llamada Senegambia, sinceramente el sitio no era de mi agrado. Gambia es un país muy turístico y aquel lugar parecía Benidorm. Pero lo pasamos muy bien junto a nuestros nuevos amigos. Cada vez nos sentíamos mas a gusto con ellos.
El día de año nuevo compramos ocho peces frescos por el módico precio de 60 céntimos y nos fuimos juntos con Mátar a la playa de Bambú.
Nunca olvidaré esta playa, es la típica imagen de una postal paradisiaca, rodeada de selva. Allí pasamos el día y la resaca. Asamos los peces en una barbacoa, acompañados de unas cerves y volvimos a casa con unos chocolates para lo niños. Allí nos esperaba toda la familia, tomamos té y nos fuimos a dormir porque andábamos reventados de todo el día. Mátar, una vez más, nos mostró su generosidad, durmió en el sofá para cedernos su cama.
Así acaba nuestra estancia en Gambia. A la mañana siguiente nos despedimos de la encantadora familia, que nos lo había dado todo si esperar nada a cambio, prometiendo volver a vernos.
Ahora nos esperaba la vuelta de nuevo a Ziguintchor, donde nos encontraríamos con Uri para volvernos juntos hasta Bissorã.
Puesta de Sol en la playa de Bambú

PAULA MUÑOZ ANTÓN

martes, 1 de febrero de 2011

Viaje 2ª parte: Zinguintchor-Dakar.




A las 15.00h de la tarde cogemos el barco que nos llevaría hasta Dakar. No llegaremos a la capital de Senegal hasta las 7:00 de la mañana; nos esperan 16 horas de viaje por el Atlántico.
No tenemos camarote, puesto que la diferencia de precio entre tener cama y no tenerla es bastante grande, asique optamos por la opción barata. Eso sí, el barco es bastante grande y moderno, nada que ver con el transporte con el que nos habíamos estado moviendo hasta el momento. 

En el Touba


Hasta el anochecer estuvimos en la cubierta disfrutando de una increíble puesta de Sol. Cenamos un bocata y nos dispusimos a dormir, cosa que no fue nada fácil. Después de unas cuantas horas tratando de buscar una postura cómoda que me permitiera conciliar el sueño, entre el movimiento del barco, el bullicio de la gente, los llantos de los niños y las dificultades de dormir en una silla, decidí salir al pasillo y tirarme en el suelo, donde cada dos por tres los musulmanes distraían mi sueño realizando sus rituales de rezo.
A las 5 de la mañana ya estaba despierta y con la espalda molida, en 2 horas más llegaríamos al puerto de Dakar. La imagen de la ciudad desde el barco me impresionó, edificios altos y mucha iluminación.
Cogimos un taxi que nos llevó hasta la casa de Hadi el hermano de Uri. Es una habitación humilde al lado de una cuadra de carneros, el baño esta fuera, un cuartucho sin luz y con un agujero en el suelo. Una vez más el francés me dificulta la comunicación, aunque esta vez puedo hablar con Mamadú, un tío de Uri profesor de lengua portuguesa en Cassamance que está en Dakar pasando las Navidades con la familia. La casa está al lado de la playa, que es increíblemente grande, km y km de arena, eso sí, ni gente bañándose, ni sombrillas, ni chiringuitos, ni personas torrándose al sol… sólo de vez en cuando un grupo de chavales haciendo deporte y algún hombre lavando a los carneros en el agua del mar.
Ese mismo día junto al tío de Uri, vamos a patear la ciudad. Como andamos muy alejados de la zona céntrica tenemos que coger un Touba (un pequeño autobús muy colorido en el que como siempre se montan el doble de las personas que se debería) Touba también se le llama a un café con especias que venden por todos los rincones y Touba también se nos llama a nosotros, los blancos.

El trayecto es larguísimo, pero se me hace ameno, no paro de mirar por la ventana. Dakar me impresiona, me sorprende su tamaño inabarcable y ese toque de modernidad que hasta ahora no había visto en África. El tráfico es una locura, en muchos momentos temí por mi vida, y los atascos son insoportables, pero la gente no se desespera, ni grita, ni pita, simplemente espera con paciencia. Puedo notar el calor asfixiante mucho más seco que el de Guinea, la vegetación selvática ha desaparecido por completo, es como una ciudad dentro de un reloj de arena. Después de las dos horas en aquella lata de sardinas con ruedas y bañada en una sopa de sudor, llegamos al centro. Necesitamos agua y mear, Luci y yo nos disponemos a ir a un baño en una gasolinera, y es aquí cuando empezamos a tener la sensación de que Mamadú va a ser una presencia un tanto incómoda en el viaje. No nos dejó ir solas al baño, tampoco a comprar agua, todo lo hacía por nosotros de forma servicial, pero hasta el punto de sentirnos anulados, especialmente con Luci y conmigo, debido a la gran carga machista de su educación. El quería ser nuestro guía y protector, nosotros queríamos pasear a nuestras anchas por Dakar. Cada vez que nos parábamos con algún vendedor callejero se desesperaba, cada vez que alguno de nosotros quedaba atrasado del grupo charlando con cualquiera, comenzaba a llamarnos sin paciencia. Esta situación era realmente tensa y los choques culturales se agrandaban cada vez más.

Por la noche fuimos a un concierto en el monumento del Renacimiento Africano. Una escultura descomunal, ostentosa y hortera que había costado un dineral y que tiene bastante cabreado al pueblo senegalés. En el concierto nos encontramos con Pedro, un amigo español que esta de voluntario en Canchungo una ciudad a una hora y media de Bissorã. Disfrutamos de dos conciertazos, uno de música tradicional de Guinea-Conakry y otro de una banda de jazz. La pena fue que nos pudimos quedarnos hasta el final, porque Mamadú estaba harto, en parte de nosotros, en parte de la música, porque según él, su educación en la escuela coránica no le permite ni cantar, ni bailar. Terrible represión que ha hecho de este hombre una persona con un carácter un tanto difícil. Debemos ceder y volver a casa, puesto que somos invitados y estamos agradecidos por su acogimiento, pero comenzamos a plantearnos buscar otro alojamiento para tener libertad.
Al día siguiente, seguimos de turisteo, vamos a visitar una isla a 30 minutos de Dakar llamada Gorée.

Gorée es patrimonio de la humanidad, tiene un gran simbolismo para los africanos, puesto que era allí donde se llevaban todos los esclavos del continente para luego partir con ellos hacía América. La llamaban la puerta sin retorno. Ahora está llena de rastafaris y artistas que le dan un encanto especial. Allí conocimos a Juliano, un rasta muy personaje que había vivido en Pinto, dónde tiene una asociación de arte, llamada “Pintando el corazón de Gorée”.
Es en la isla donde saltaron las chispas con Mamadú. Le explicamos a Uri lo que sentíamos, el nos comprendió diciendo que en la familia le llamaban el complicado. Le dijimos que agradecíamos lo que su tío hacia a su manera por nosotros, pero que a partir de ahora preferíamos continuar el viaje solos. Es ahora cuando pensamos en la opción de adelantar la vuelta a Guinea-Bissau, bajando en coche desde Dakar y parando en Gambia.
Estábamos algo indecisos, esa misma mañana habíamos leído en el periódico, que la situación estaba revuelta por la guerrilla de Cassamance. La frontera entre Senegal y Gambia, se acababa de abrir después de 24 horas cerrada por un tiroteo entre los rebeldes independentistas y los militares. Además nos habían advertido que el viaje era muy cansado y que la policía de Gambia abusa especialmente de su autoridad con los blancos, pidiendo dinero y objetos personales para poder cruzar la frontera. Decidimos pasar un día más en Dakar por el momento.
La última noche fuimos a otro concierto, dentro del programa del festival de las artes negras, la sorpresa fue ver que el artista de esa noche era Tiken Jah Fakoly. Cosa que averiguamos en el mismo día, debido a que el programa se elaboraba pero nunca se cumplía, aunque nos quedamos con la pena de no ver a Salif Keita, concierto que estaba anunciado. Fue un completo caos. Una multitud de gente que se desesperaba y empujaba sin parar en medio de una calle sin cortar por donde pasaban motos abriéndose camino entre los miles de personas allí reunidas. Entonces nos encontramos a Juliano el rasta de la isla y a Pedro el de Cachungo, una vez más el mundo es un pañuelo. Así termina nuestra historia en Dakar.

PAULA MUÑOZ ANTÓN

martes, 25 de enero de 2011

Viaje 1ª parte: Bissorã-Ziguintchor


Salimos de Bissorã el día 24 de diciembre Luci, Panto, René, Uri y yo. Cansados y adormilados por el madrugón pero ilusionados por el viaje que acababa de comenzar. Entre unas cosas y otras tuvimos que estar esperando casi una hora para poder coger el un coche que nos llevara hasta Bula, a unos 40 minutos de Bissorã. Una vez allí, no sin antes casi atropellar a un cerdo y unos cuantos adelantamientos peligrosos, comenzamos a buscar un nuevo coche que nos llevara hasta São Domingo. No había ninguno, pero el conductor que hacia el viaje Bula-Engoré, por unos cuantos Francos más nos llevó hasta allí, en una furgoneta en la que bien apretaditos viajamos unas veinte personas y alguna que otra gallina. El camino fue amenizado por un hombre que durante casi las dos horas de trayecto predicaba a voces y en kriolo que el fin del mundo estaba muy cerca, mientras un policía, que también viajaba junto a nosotros, le seguía la bola y se reía de él. El viaje fue muy incómodo, debido al asfixiante calor, la imposibilidad de movimiento y el fuerte olor a humanidad. Se hizo ameno gracias al impresionante paisaje de manglares que atravesamos.
Llegamos a São Domingo, allí debíamos cambiar de coche para llegar a nuestro destino final, Ziguintchor (Senegal). Teníamos dos opciones, un coche todo chatarra, sin ventanas y con un par de cabritas en la baca, y otro coche en “mejores” condiciones pero al cual teníamos que esperar a que se llenase. Optamos por esta segunda opción. Después de 45 minutos de viaje llegamos al puesto fronterizo, donde un par de policías no sellaron los pasaportes, no sin antes tirarnos los trastos con toda la naturalidad del mundo. Aquí la policía abusa de su privilegiada posición haciendo y diciendo lo que les viene en gana, aún más que en España.
Nada más cruzar de un país al otro comencé a notar los cambios, sobre todo en la infraestructura. La carretera dejó de tener agujeros, e incluso contaba con señales de tráfico y las líneas pintadas en el asfalto para diferenciar los carriles, eso sí, el conductor seguía conduciendo a lo guineense, por medio de la carretera.
Puerto de Ziguintchor (Senegal)

Llegamos a Ziguintchor, después de unos cuantos controles policiales más. Nos hospedamos en casa de la prima de Uri, Aissa.
Ziguintchor es la capital de la región de Casamance y la tierra de nuestro guarda Leopold. Esta región está en lucha armada con el estado de Senegal con el fin de obtener la independencia. Leopold pertenece a los rebeldes independentistas y por dicha razón tuvo que exiliarse a Guinea-Bissau donde según él lleva siete años, según la gente de Bissorã, más de dieciocho. Ahora no puede volver a su tierra porque está amenazado de muerte. Por eso, nos mandó el recado de buscar a su esposa y a sus hijos.
En la casa de Aissa también conocimos a Binto, Sofie, Mariama y un par de señoras mayores muy entrañables que se pasaban el día tumbadas en el suelo del salón. En seguida comencé a sentirme como en casa, gracias a la hospitalidad de la familia de Uri que nos trataban como a hermanos, sin conocernos de nada. A pesar de las dificultades comunicativas con el idioma, ya que mi francés es nulo exceptuando saludos y cuatro palabrejas más, se creó un clima perfecto.
Los días en Ziguintchor pasaron relajados, hicimos mucha vida en familia y de vez en cuando nos permitimos algún homenaje alimentario, comida de la que no podemos disfrutar en Guinea.
La cena de noche buena fue al estilo africano, comiendo con las manos, se nos caía todo, debíamos ser bastante cómicos porque no paraban de reírse. Por la noche fuimos a un bar con música en directo, donde tocaba un grupo llamado la Nueva Orquesta de Casamance, que hacían una mezcla entre reggae y salsa. Sonaban bastante bien y era imposible no bailar.
Al día siguiente Luci y yo tuvimos una sesión de peluquería africana, las primas de Uri se pasaron la mañana haciéndonos trencitas en a peluquería donde Aissa trabaja. Fue una mezcla entre relax, dolor, cansancio y entretenimiento. Las peluquerías africanas se alejan mucho de las occidentales, en lugar de secadores, rulos y tintes te encuentras pelucas y pelos postizos de todos los tipos. La peluquera mientras te peina se marca un baile, una señora entra y mientras espera su turno, se saca una esterilla de detrás de una silla para echarse una siesta de hora y media tumbada en mitad del local.
A la mañana siguiente nos disponemos a realizar la misión encargada por nuestro guardián, para ello nos desplazamos al mercado central, donde según las indicaciones de Leopold, su mujer, Angel, vende pescado. Nos adentramos acompañados por un chaval que dice conocerla, en medio del bullicio, de la muchedumbre, los intensos olores, las infinitas moscas, los charcos en el suelo, los miles de vendedores tratando de hacer su agosto con el grupo de blancos. Finalmente llegamos a la zona donde se vende el pescado. El olor comienza a ser insoportable y decido comenzar a respirar por la boca. No hemos tenido suerte, la gente nos dice que Angel no ha venido hoy al mercado porque ha fallecido un amigo suyo. Salimos de allí haciendo el mismo recorrido que a la entrada, pero esta vez tardamos el doble ya que Panto se entretiene con el juego del regateo. Al final la cosa le sale bien y se vuelve con un par de camisetas de futbol a un precio de broma. Ya está haciendo planes de negocio de exportación de camisetas de futbol para España.
Nuestra estancia en esta ciudad llega a su fin. Quedamos encantados con la hospitalidad de sus gentes. La siguiente etapa: Ziguintchor-Dakar vía marítima.

PAULA MUÑOZ ANTÓN