domingo, 8 de mayo de 2011

Un día en Bissorã (Guinea-Bissau, África)


Bissorã, 29 de marzo 2011

Mi barrio en Bissorã

Son las 6 de la mañana y las mezquitas de la ciudad comienzan a llamar a sus fieles para acudir al primer rezo del día. Estos cantos penetran en mi sueño y me hacen abrir los ojos, doy un par de vueltas en la cama y feliz me voy a dormir, pues sé que aún me quedan dos horas más de sueño a duermevela entre el cacareo de los gallos, el rebuznar de los burros, el balar de las ovejas y los golpes en la chapa del tejado de algún buitre torpe.

A las 8 de la mañana llega mamá Arminda cargada de energía dispuesta a terminar de despertarnos con su voz quebrada y aguda “lanta djotos! Sol manse!” (levantar dormilones ya ha amanecido). Pegada a las sabanas por el sudor de toda la noche me voy a la ducha, lleno un cubo de agua fresquita de un bidón que tenemos como depósito y me lo tiro por todo el cuerpo. Ahora ya ha comenzado el día. Pongo agua a hervir para hacer té y salgo a la calle para buscar el “matabicho” (el desayuno). Compro un par de barras de pan recién salidas de un horno de adobe a una mujer que las vende en frente de casa expuestas en una mesita de madera. Si ha sobrado tomate de la cena me hago un pantumaca, si no como un mendrugo de pan con azúcar. Cojo la bici y me voy hasta “Mangulum”. Mangulum es el lugar donde se encuentra la Escuela de Formación Profesional y todas las oficinas de los demás proyectos de ADPP, la ONG con la que trabajo. Le han dado este nombre porque es un lugar repleto de árboles de mango. Por el camino la gente me da los buenos días desde sus casas:

-“Bom dia Paula, Kuma ki bu manse?” (Buenos días Paula, ¿qué tal has amanecido?),

-“Manse diritu obrigado” (Muy bien gracias).

Los niños corretean detrás de la bici gritando mi nombre y aquellos que no se lo saben me gritan “branku pelele” (Piel blanca).

Llego a la oficina del Club de Agricultores, proyecto donde estoy de voluntaria. Los días que no voy a Cawal a trabajar con nuestro proyecto de la escuela me voy a otras “tabancas” (aldeas) con Rosenda o Raquel, dos guineanas que trabajan como animadoras de salud. Nos desplazamos en moto para hacer sensibilización sobre enfermedades como cólera, malaria y sida, uso de letrinas e higiene básica. Si no tengo ninguna salida programada me quedo en la oficina escribiendo estos correos como forma de informaros y para entretenerme. También estoy preparando seminarios de formación para los animadores que trabajan en las tabancas junto con los agricultores. Ahora estoy trabajando en un seminario sobre nutrición y otro sobre técnicas de intervención con la Comunidad. De nutrición no tengo ni idea, por eso estoy leyendo un libro y algunos documentos de la FAO, aparte de que cuando voy a Bissau intento descargarme información en internet. Aquí la alimentación es muy pobre y la mayoría de los niños crecen a base de arroz. Desde el proyecto se intenta que los agricultores enriquezcan su alimentación cultivando otros productos para que los incorporen a su dieta además de que puedan aumentar su producción y venderla en los mercados locales para mejorar la economía familiar. La idea es buena, la práctica es complicada, pues el hábito es lo más difícil de cambiar, aunque es cierto que el proyecto está consiguiendo grandes cosas.

Después del día de trabajo solemos hacer una visita a “Kó de Mana Guida” (Casa de Guida), el único rincón de la ciudad donde puedes tomarte algo fresquito. Y ese algo fresquito suele ser una cerveza que realmente se agradece con este calor. Es nuestro momento de evasión, una forma de conectar con la tradición española de las cañas, pero sin tapa, claro está. Este lugar está de camino a casa, y desde que lo descubrimos suele ser parada obligatoria. Ya sabíamos de su existencia antes de llegar porque otros voluntarios nos habían hablado de Guida, tardamos algo en reconocer el bar, ya que aparentemente es una casa típica guineana, que nada tiene que ver con la idea que tenemos interiorizada de bar, por muy cutre que lo pintemos en España. En Guida siempre nos reunimos los mismos y se forma una pequeña familia. En realidad Bissorã es una ciudad enlazada de parentescos, donde todos son primos, hermanos, nietos, abuelos, tíos… es un gran árbol genealógico.

Mientras disfrutamos de la cervecita suele andar el pequeño Fabio correteando por la casa. Fabio es el nieto de Mana Guida, y el niño más encantador de Bissorã. Tiene cuatro añitos y es un puro torbellino de alegría, es imposible pasar un segundo a su lado sin sonreír. Baila y canta el “Waka, waka” con mas estilo y salero que Shakira.

Después de una, dos o tres cervezas, según las ganas y dependiendo de nuestra economía de voluntarios, volvemos a casa, donde nos espera Arminda entre el fogón de carbón cocinando el plato típico: arroz, una ensalada de tomate y alguna que otra variación, que suele ser berenjena, pescado o patata. Cenamos a eso de las siete y media de la tarde, hora a la que el sol se esconde, dejando una increíble imagen en el horizonte y tiñendo el cielo de un rosa amoratado.

Si han comprado gasolina (cosa que rara vez suele ocurrir) encendemos el generador, todo un ritual y se hace la luz. Si no, cenamos a lo romántico, con un par de velas prendidas. Mientras comemos se van uniendo a la mesa diferentes amigos que pasan por enfrente de casa, o conocidos y desconocidos que nos saludan desde la ventana. Como dice el refrán, donde comen dos comen tres, y más en África.

Luego aparece Leopold, nuestro guardián, del que ya os he hablado varias veces. Con una sola mirada ya podemos averiguar las condiciones en las que llega. Si no anda con un trago de más de vino de palma se une con nosotros a la mesa y nos divierte con alguna de sus excéntricas anécdotas. La última novedad que le pasa por su cabecita loca, es irse a Cabo Verde en cayuco. La distancia que separa Cabo Verde con Guinea es realmente grande, pero Leopold piensa, que desde Guinea se avistan las luces de Praia, capital del archipiélago caboverdiano. Sólo tendría que seguirlas para llegar hasta allí. Verdaderamente este viaje sólo puede tener cabida en la cabeza de un gran soñador. Es una travesía imposible para una canoa a remos. Realmente confía en este viaje y tiene la esperanza de que seamos su tripulación.

Si aparece Eldabliu pasamos la noche tocando y cantando, si aparecen algunos niños, jugando, y así cada noche una noche diferente.

La verdad es que me gusta que la casa esté llena siempre de gente, porque le da alegría y vida. Me gusta la forma de vida africana, donde las puertas siempre están abiertas para todo el mundo y donde la gente es hospitalaria y cercana. Pero sinceramente muchas veces echo de menos los momentos de tranquilidad e intimidad. En un país donde todo se comparte, donde las casas muchas veces carecen de puertas o ventanas, donde un mismo cuarto pueden dormir hasta diez personas y las paredes son de papel de fumar, la intimidad se convierte en un reto casi imposible. En Europa es fácil cruzarse con un vecino y ni siquiera compartir una mirada, aquí tus vecinos son tu familia y como tal debes tratarles, se que acabaré echando todo esto de menos. Bueno aún me quedan 2 mesecitos más para exprimir todo lo bueno que tiene este país y seguir disfrutando, y quién sabe si algún día volveré.

PAU








miércoles, 6 de abril de 2011

La Mujer en Guinea-Bissau.

Bissorã, 5 de abril del 2011

No dejo de impresionarme con la mujer guineana. Fuerte, temperamental, sufridora, terrenal y trabajadora. Son luchadoras natas, el pilar que sustenta el hogar y la familia. Eternas cuidadoras de enfermos, ancianos, niños propios o ajenos y maridos que a menudo deben compartir con otras. Viven al servicio de los demás. Desde muy niñas aprenden y asumen sin rechistar su rol, pero no pierden la alegría y el humor además de que cualquier excusa es buena para bailar hasta la extenuación.
Parecen llevar las riendas en la sociedad por su fuerte carácter pero en realidad sólo es pura fachada, no hace falta hurgar mucho para descubrir  que  tristemente son las últimas en pintar algo y que al hombre parece importarle más bien poco todo el sacrificio que por ellos hacen.
Son las primeras en levantarse y las últimas en acostarse, son el motor del país siempre a la sombra y exentas de reconocimiento. Su voz ni se oye, ni se escucha.
Deben realizar el doble de esfuerzo que un hombre para obtener la mitad de los meritos que al macho guineano se le otorgan.
La misoginia es un problema mundial y en África se acentúa tanto que difícilmente pasa un día sin que se me revuelvan las tripas de rabia. Son los hombres los que tienen el poder político y económico mientras la mujer queda marginada en la esfera de lo privado, dejándose los cuernos en las tareas domésticas y en el mantenimiento de decenas de niños que deben criar. Además de esclavas del hogar y la familia, son trabajadoras incansables de la tierra. Labran el suelo bajo el  castigador Sol africano con un niño amarrado a su cintura que cargan en la espalda como si fuera una prolongación de su cuerpo. También son vendedoras en los mercados que se organizan en las ciudades más importantes de la zona. Suelen desplazarse a pie para lo cual deben comenzar andar antes de que el Sol se ponga por los caminos empedrados y erosionados  o por el poco asfalto abrasador que recorre este pequeño pedazo de tierra. La mercancía siempre en la cabeza, donde son capaces de cargar pesos incompresibles con un equilibrio de trapecista además de llevar siempre al más pequeño de sus hijos como mochila. Tras pasar el día intentando vender unos cuantos plátanos, tomates, mangos, algún cerdo o cabrito, regresan a casa recorriendo varios km, dónde les espera el marido exigiendo sin pudor un plato de comida sobre la mesa y unas cuantas criaturas esperando a ser amamantadas.
Así es la vida de la mujer guineana y así ellas la aceptan como si no existiera condición mejor. Sufren y no se quejan.
De la fortaleza de estas mujeres nacen sus hijas, calcos de sus progenitoras que aceptan el machismo porque así las han educado. Repiten el esquema aprendido al casarse con sus maridos y formar una familia con el mismo molde.
Cocinan para un regimiento, sin ollas a presión, ni cocinas de gas y mucho menos eléctricas. Lavan la ropa sin lavadoras y deben andar al pozo para conseguir el agua necesaria para este trabajo. Limpian la casa agachadas o de rodillas porque una escoba o fregona es un lujo. Además de que deben hacerse cargo de la chiquillería que han parido y ser buenas esposas y amantes sirviendo a su marido que a fuerza de vivir como un marqués se ha convertido en un dependiente  incapaz de encender el fogón para calentarse el arroz o lavarse sus intimidades.
 El patriarcado es sustentado en gran parte por la aceptación femenina de este sistema, no pretendo culpar exclusivamente al hombre de este problema. Sólo trato reflejar la realidad que yo cómo mujer occidental observo en esta tierra y que me entristece profundamente.
Además de lo anteriormente mencionado, las mujeres siempre quedan en un segundo plano, también claro está en el ámbito educativo. La tasa de analfabetos en Guinea-Bissau es  notablemente superior en el género femenino. Los varones siempre son los  primeros en ir a la escuela mientras una vez más la mujer queda postergada al hogar y la familia. Esta tendencia en los últimos años se ha ido corrigiendo y cada vez son más las niñas a las que se les respeta su derecho de educación. 
Para el final me he dejado la más terrible de las atrocidades que se comenten contra la mujer aquí. A muchas guineanas se las ha negado de por vida el derecho más íntimo del ser humano, el derecho al placer. De pequeñas les robaron para siempre el centro de la sexualidad femenina. Una lámina o cuchilla afilada y en el mejor de los casos un cuchillo les arrancó su clítoris. Cortándoles un pedazo de sexualidad condenándolas  así a no descubrir jamás el placer del acto sexual. La mutilación es el símbolo supremo de la cultura opresiva patriarcal  y por muy increíble que nos parezca este acto de dominación se sigue ejerciendo en muchos lugares del planeta Tierra. Si bien es cierto que el número de mutiladas en Guinea-Bissau se ha reducido considerablemente debido a los esfuerzos del gobierno y a la concienciación del pueblo. En la actualidad esta práctica es cada vez menos usual quedando reducida a algunos grupos étnicos en las zonas más aisladas del país.

Espero que algún día  ellas consigan aprovechar todo el carácter, fuerza y  coraje que las caracteriza para revelarse y  defender sus derechos que tantas veces les son negados.  Espero que algún día ellos dejen de vivir en la postura cómoda del machismo para apoyar a  sus madres, mujeres, hijas, hermanas y amigas. Espero que algún día estas diferencias de género acaben en el mundo y que se eduquen a las nuevas generaciones venideras en una igualdad real.

PAU

jueves, 17 de febrero de 2011

Viaje 4ºparte: Banjul-Zinguinchor




Puerto de Banjul

Aquí  llega la última etapa del viaje y también la más breve.
Despertamos temprano empaquetamos macutos y nos dirigimos  en compañia de Mattar a la Highway (así llaman a las carreteras principales en Gambia).Después de esperar más de 40 minutos al toca-toca (autobús) y ver que tardaba demasiado, decidimos coger un taxi que nos llevó hasta la parada central donde nos despedimos de nuestro amigo gambiano, que tan bien nos había acogido y tratado.  En unos 10 minutos ya estábamos montados en un 7plazas  que nos dejo en una tabanca no muy alejada de la zona. Al llegar allí tuvimos que cambiar de coche, nos montamos  en una furgoneta 24 personas bien apretaditas y pasamos  unas 5 horas de viaje hasta llegar de nuevo a Zinguinchor. Esta vez estaba tan cansada que no me importaba ni lo más mínimo las condiciones de la furgo ni el número de personas que viajábamos en ella. Dormí como un tronco la mayoría del trayecto. Este es el tramo donde se concentra el conflicto por la independencia de Cassamance. Por el camino entre cabezada y cabezada observé impresionada y algo asustada la cantidad de militares escondidos entre el follaje de la selva. Cada 500m encontrábamos alguna trinchera entre los matos. A parte de la presencia militar la carretera estaba llena de troncos, ruedas de camión y más trastos  en forma de obstáculos para dificultar la huida de los rebeldes. Asique e viaje hasta llegar a Zinguinchor fue en forma de S, para poder sortear las barricadas.
Las fronteras entre Gambia y Senegal se hacen a pie ya que los coches de uno y otro país no las pueden cruzar debido a las malas relaciones entre ambos. Se dice que Gambia acoge a los rebeldes.
Al llegar a nuestro destino, volvimos a casa de Aisha, donde encontramos a Uri hecho un autentico trapito. Acababa de llegar de Dakar. Había viajado durante 25horas sin paradas en una furgoneta con 18 personas más y unas cuantas gallinas. Asique decidimos que lo mejor que podíamos hacer era dormir. A las 8 de la tarde ya estábamos todos en la camita dispuestos a curarnos de todo el cansancio.  El viaje había llegado a su recta final, al día siguiente nos esperaba la última etapa para llegar a nuestra querida Guinea-Bissau.

PAULA MUÑOZ ANTÓN

domingo, 6 de febrero de 2011

Viaje 3ª parte: Dakar-Banjul

Finalmente optamos por la aventura, ya habían pasado un par de días y todo andaría calmado después del altercado.
Madrugamos un poquito para despedirnos de Mamadú y Hadí, también de René y Uri que decidieron quedarse en Senegal.
Cogimos un coche que nos llevaría directamente al nuevo destino: The Gambia. El trayecto dio para hablar mucho con los otros viajeros con los que compartíamos coche, especialmente con Binta, una gambiana de 20 años y Fatu, una señora muy grande con mucho caracter y desparpajo. Fatu nos ofreció su casa como hostal, tres personas por noche y comida incluida 8.000 xfca (11€). Nos pareció genial y decidimos ir con ella, tampoco sabíamos muy bien donde íbamos a dormir al llegar. En la frontera nos libramos de pagar gracias a Fatu, normalmente piden un mínimo de 10.000 xcfa, además tuvimos la suerte de ser sellados con un visado de 28 días. Cogimos un barco que nos cruzaba el río hasta llegar a la capital, Banjul (unos 20 minutos de trayecto) una vez allí, la policía nos paró, para registrarnos minuciosamente e intentar sacarnos algo de dinero, pero no consiguieron nada, una vez mas gracias a Fatu. Cogimos un taxi hasta la casa de esta mujer, allí Binta se despidió de nosotros diciéndonos que la llamáramos si algo no nos gustaba.
La casa estaba más lejos de lo que nos imaginábamos, de echo estaba en otra ciudad. Durante el trayeto pude observar la enorme presencia policial existente en este país, lo cual me dejó impresionada, me produjo una mezcla entre miedo y respeto.
Llegamos a Ido Tawn, un lugar muy alejado y sin electricidad, algo que en Guinea es común, pero que en Gambia te sorprende. Entremos en casa y nos acomodamos en la habitación, es aquí cuando Fatu nos mostró su otra cara: la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas. Trató de timarnos, engañándonos con el precio, en el coche habíamos acordado 8.000 xcfa, ella ahora nos decía que eran 8.000 Dálasis (moneda de Gambia), unos 260 euros. Nos quedamos a cuadros, era un precio imposible, nos levantamos dispuestos a marcharnos, aunque no sabíamos donde, entonces ella aflojó, dándose cuenta que no nos iba a sacar mucho dinero. Llegamos a un acuerdo, aunque nos subió tres euros más el precio inicial, no teníamos ninguna opción.
Después de sentirnos timados, la estancia en aquella casa y con esa mujer dejó de ser tan idílica. Fatu comenzó a producirnos un profundo rechazo, además de que era incómodo verla paseándose en bolas por toda la casa, mostrando su enorme cuerpo sin ningún pudor. En cambio, la familia parecía algo mas sencilla. El hijo, un colgao que de unos veintipocos que había sobrevivido en Londres vendiendo Marihuana, y el marido, un señor muy callado y poquita cosa al lado del caracter de su señora.
Al día siguiente despertamos plagados de picaduras de mosquitos, no conseguimos dormir. Panto contó al rededor de 120 picaduras en su cuerpo, raro será que nos libremos de la Malaria. Llamamos a Binta, la chica que conocimos en el viaje, para pasar el día con ella. Nos presentó a Mátar, su hermano, que trabajaba en el mercado de Serakunda (otra ciudad). Cerró la tienda para acompañarnos en el paseo. Nos llevaron hasta Kachicali, donde pudimos cocodrilos. Me impactó muchísimo verles tan de cerca, tan cerca que incluso los toqué.
Con los cocodrilos de Kachicali (The Gambia)

En un solo día habíamos estado en tres ciudades diferentes, debido al diminuto tamaño del país. Matar y Binta eran encantadores, sin conocernos de nada nos trataban con una cercanía impresionante. Nos ofrecieron ir a su casa para vivir el resto de los días totalmente gratis. Aceptamos la propuesta, ambos eran muy amables, nos inspiraban mucha confianza y queríamos huir del castillo de la Reina de Corazones.
Nos desplazamos hasta nuestra nueva residencia en Gambia, allí estaban: la madre de Binta y Mátar, cuatro hermanos e Ismael, el hijo de Binta. Nada mas entrar en la casa sentimos la gran hospitalidad.
Esta misma noche, 31 de diciembre, nos acompañaron a buscar unas uvas por todo Gambia, al final las conseguimos acompañadas de una botella de anís. El tiempo se nos echó encima y nos tuvimos que comer las uvas en un taxi, cantando nosotros mismos las campanadas, sin saber la hora, los minutos ni los segundos al compás libre.
Celebramos la nochevieja en una zona llamada Senegambia, sinceramente el sitio no era de mi agrado. Gambia es un país muy turístico y aquel lugar parecía Benidorm. Pero lo pasamos muy bien junto a nuestros nuevos amigos. Cada vez nos sentíamos mas a gusto con ellos.
El día de año nuevo compramos ocho peces frescos por el módico precio de 60 céntimos y nos fuimos juntos con Mátar a la playa de Bambú.
Nunca olvidaré esta playa, es la típica imagen de una postal paradisiaca, rodeada de selva. Allí pasamos el día y la resaca. Asamos los peces en una barbacoa, acompañados de unas cerves y volvimos a casa con unos chocolates para lo niños. Allí nos esperaba toda la familia, tomamos té y nos fuimos a dormir porque andábamos reventados de todo el día. Mátar, una vez más, nos mostró su generosidad, durmió en el sofá para cedernos su cama.
Así acaba nuestra estancia en Gambia. A la mañana siguiente nos despedimos de la encantadora familia, que nos lo había dado todo si esperar nada a cambio, prometiendo volver a vernos.
Ahora nos esperaba la vuelta de nuevo a Ziguintchor, donde nos encontraríamos con Uri para volvernos juntos hasta Bissorã.
Puesta de Sol en la playa de Bambú

PAULA MUÑOZ ANTÓN

martes, 1 de febrero de 2011

Viaje 2ª parte: Zinguintchor-Dakar.




A las 15.00h de la tarde cogemos el barco que nos llevaría hasta Dakar. No llegaremos a la capital de Senegal hasta las 7:00 de la mañana; nos esperan 16 horas de viaje por el Atlántico.
No tenemos camarote, puesto que la diferencia de precio entre tener cama y no tenerla es bastante grande, asique optamos por la opción barata. Eso sí, el barco es bastante grande y moderno, nada que ver con el transporte con el que nos habíamos estado moviendo hasta el momento. 

En el Touba


Hasta el anochecer estuvimos en la cubierta disfrutando de una increíble puesta de Sol. Cenamos un bocata y nos dispusimos a dormir, cosa que no fue nada fácil. Después de unas cuantas horas tratando de buscar una postura cómoda que me permitiera conciliar el sueño, entre el movimiento del barco, el bullicio de la gente, los llantos de los niños y las dificultades de dormir en una silla, decidí salir al pasillo y tirarme en el suelo, donde cada dos por tres los musulmanes distraían mi sueño realizando sus rituales de rezo.
A las 5 de la mañana ya estaba despierta y con la espalda molida, en 2 horas más llegaríamos al puerto de Dakar. La imagen de la ciudad desde el barco me impresionó, edificios altos y mucha iluminación.
Cogimos un taxi que nos llevó hasta la casa de Hadi el hermano de Uri. Es una habitación humilde al lado de una cuadra de carneros, el baño esta fuera, un cuartucho sin luz y con un agujero en el suelo. Una vez más el francés me dificulta la comunicación, aunque esta vez puedo hablar con Mamadú, un tío de Uri profesor de lengua portuguesa en Cassamance que está en Dakar pasando las Navidades con la familia. La casa está al lado de la playa, que es increíblemente grande, km y km de arena, eso sí, ni gente bañándose, ni sombrillas, ni chiringuitos, ni personas torrándose al sol… sólo de vez en cuando un grupo de chavales haciendo deporte y algún hombre lavando a los carneros en el agua del mar.
Ese mismo día junto al tío de Uri, vamos a patear la ciudad. Como andamos muy alejados de la zona céntrica tenemos que coger un Touba (un pequeño autobús muy colorido en el que como siempre se montan el doble de las personas que se debería) Touba también se le llama a un café con especias que venden por todos los rincones y Touba también se nos llama a nosotros, los blancos.

El trayecto es larguísimo, pero se me hace ameno, no paro de mirar por la ventana. Dakar me impresiona, me sorprende su tamaño inabarcable y ese toque de modernidad que hasta ahora no había visto en África. El tráfico es una locura, en muchos momentos temí por mi vida, y los atascos son insoportables, pero la gente no se desespera, ni grita, ni pita, simplemente espera con paciencia. Puedo notar el calor asfixiante mucho más seco que el de Guinea, la vegetación selvática ha desaparecido por completo, es como una ciudad dentro de un reloj de arena. Después de las dos horas en aquella lata de sardinas con ruedas y bañada en una sopa de sudor, llegamos al centro. Necesitamos agua y mear, Luci y yo nos disponemos a ir a un baño en una gasolinera, y es aquí cuando empezamos a tener la sensación de que Mamadú va a ser una presencia un tanto incómoda en el viaje. No nos dejó ir solas al baño, tampoco a comprar agua, todo lo hacía por nosotros de forma servicial, pero hasta el punto de sentirnos anulados, especialmente con Luci y conmigo, debido a la gran carga machista de su educación. El quería ser nuestro guía y protector, nosotros queríamos pasear a nuestras anchas por Dakar. Cada vez que nos parábamos con algún vendedor callejero se desesperaba, cada vez que alguno de nosotros quedaba atrasado del grupo charlando con cualquiera, comenzaba a llamarnos sin paciencia. Esta situación era realmente tensa y los choques culturales se agrandaban cada vez más.

Por la noche fuimos a un concierto en el monumento del Renacimiento Africano. Una escultura descomunal, ostentosa y hortera que había costado un dineral y que tiene bastante cabreado al pueblo senegalés. En el concierto nos encontramos con Pedro, un amigo español que esta de voluntario en Canchungo una ciudad a una hora y media de Bissorã. Disfrutamos de dos conciertazos, uno de música tradicional de Guinea-Conakry y otro de una banda de jazz. La pena fue que nos pudimos quedarnos hasta el final, porque Mamadú estaba harto, en parte de nosotros, en parte de la música, porque según él, su educación en la escuela coránica no le permite ni cantar, ni bailar. Terrible represión que ha hecho de este hombre una persona con un carácter un tanto difícil. Debemos ceder y volver a casa, puesto que somos invitados y estamos agradecidos por su acogimiento, pero comenzamos a plantearnos buscar otro alojamiento para tener libertad.
Al día siguiente, seguimos de turisteo, vamos a visitar una isla a 30 minutos de Dakar llamada Gorée.

Gorée es patrimonio de la humanidad, tiene un gran simbolismo para los africanos, puesto que era allí donde se llevaban todos los esclavos del continente para luego partir con ellos hacía América. La llamaban la puerta sin retorno. Ahora está llena de rastafaris y artistas que le dan un encanto especial. Allí conocimos a Juliano, un rasta muy personaje que había vivido en Pinto, dónde tiene una asociación de arte, llamada “Pintando el corazón de Gorée”.
Es en la isla donde saltaron las chispas con Mamadú. Le explicamos a Uri lo que sentíamos, el nos comprendió diciendo que en la familia le llamaban el complicado. Le dijimos que agradecíamos lo que su tío hacia a su manera por nosotros, pero que a partir de ahora preferíamos continuar el viaje solos. Es ahora cuando pensamos en la opción de adelantar la vuelta a Guinea-Bissau, bajando en coche desde Dakar y parando en Gambia.
Estábamos algo indecisos, esa misma mañana habíamos leído en el periódico, que la situación estaba revuelta por la guerrilla de Cassamance. La frontera entre Senegal y Gambia, se acababa de abrir después de 24 horas cerrada por un tiroteo entre los rebeldes independentistas y los militares. Además nos habían advertido que el viaje era muy cansado y que la policía de Gambia abusa especialmente de su autoridad con los blancos, pidiendo dinero y objetos personales para poder cruzar la frontera. Decidimos pasar un día más en Dakar por el momento.
La última noche fuimos a otro concierto, dentro del programa del festival de las artes negras, la sorpresa fue ver que el artista de esa noche era Tiken Jah Fakoly. Cosa que averiguamos en el mismo día, debido a que el programa se elaboraba pero nunca se cumplía, aunque nos quedamos con la pena de no ver a Salif Keita, concierto que estaba anunciado. Fue un completo caos. Una multitud de gente que se desesperaba y empujaba sin parar en medio de una calle sin cortar por donde pasaban motos abriéndose camino entre los miles de personas allí reunidas. Entonces nos encontramos a Juliano el rasta de la isla y a Pedro el de Cachungo, una vez más el mundo es un pañuelo. Así termina nuestra historia en Dakar.

PAULA MUÑOZ ANTÓN

martes, 25 de enero de 2011

Viaje 1ª parte: Bissorã-Ziguintchor


Salimos de Bissorã el día 24 de diciembre Luci, Panto, René, Uri y yo. Cansados y adormilados por el madrugón pero ilusionados por el viaje que acababa de comenzar. Entre unas cosas y otras tuvimos que estar esperando casi una hora para poder coger el un coche que nos llevara hasta Bula, a unos 40 minutos de Bissorã. Una vez allí, no sin antes casi atropellar a un cerdo y unos cuantos adelantamientos peligrosos, comenzamos a buscar un nuevo coche que nos llevara hasta São Domingo. No había ninguno, pero el conductor que hacia el viaje Bula-Engoré, por unos cuantos Francos más nos llevó hasta allí, en una furgoneta en la que bien apretaditos viajamos unas veinte personas y alguna que otra gallina. El camino fue amenizado por un hombre que durante casi las dos horas de trayecto predicaba a voces y en kriolo que el fin del mundo estaba muy cerca, mientras un policía, que también viajaba junto a nosotros, le seguía la bola y se reía de él. El viaje fue muy incómodo, debido al asfixiante calor, la imposibilidad de movimiento y el fuerte olor a humanidad. Se hizo ameno gracias al impresionante paisaje de manglares que atravesamos.
Llegamos a São Domingo, allí debíamos cambiar de coche para llegar a nuestro destino final, Ziguintchor (Senegal). Teníamos dos opciones, un coche todo chatarra, sin ventanas y con un par de cabritas en la baca, y otro coche en “mejores” condiciones pero al cual teníamos que esperar a que se llenase. Optamos por esta segunda opción. Después de 45 minutos de viaje llegamos al puesto fronterizo, donde un par de policías no sellaron los pasaportes, no sin antes tirarnos los trastos con toda la naturalidad del mundo. Aquí la policía abusa de su privilegiada posición haciendo y diciendo lo que les viene en gana, aún más que en España.
Nada más cruzar de un país al otro comencé a notar los cambios, sobre todo en la infraestructura. La carretera dejó de tener agujeros, e incluso contaba con señales de tráfico y las líneas pintadas en el asfalto para diferenciar los carriles, eso sí, el conductor seguía conduciendo a lo guineense, por medio de la carretera.
Puerto de Ziguintchor (Senegal)

Llegamos a Ziguintchor, después de unos cuantos controles policiales más. Nos hospedamos en casa de la prima de Uri, Aissa.
Ziguintchor es la capital de la región de Casamance y la tierra de nuestro guarda Leopold. Esta región está en lucha armada con el estado de Senegal con el fin de obtener la independencia. Leopold pertenece a los rebeldes independentistas y por dicha razón tuvo que exiliarse a Guinea-Bissau donde según él lleva siete años, según la gente de Bissorã, más de dieciocho. Ahora no puede volver a su tierra porque está amenazado de muerte. Por eso, nos mandó el recado de buscar a su esposa y a sus hijos.
En la casa de Aissa también conocimos a Binto, Sofie, Mariama y un par de señoras mayores muy entrañables que se pasaban el día tumbadas en el suelo del salón. En seguida comencé a sentirme como en casa, gracias a la hospitalidad de la familia de Uri que nos trataban como a hermanos, sin conocernos de nada. A pesar de las dificultades comunicativas con el idioma, ya que mi francés es nulo exceptuando saludos y cuatro palabrejas más, se creó un clima perfecto.
Los días en Ziguintchor pasaron relajados, hicimos mucha vida en familia y de vez en cuando nos permitimos algún homenaje alimentario, comida de la que no podemos disfrutar en Guinea.
La cena de noche buena fue al estilo africano, comiendo con las manos, se nos caía todo, debíamos ser bastante cómicos porque no paraban de reírse. Por la noche fuimos a un bar con música en directo, donde tocaba un grupo llamado la Nueva Orquesta de Casamance, que hacían una mezcla entre reggae y salsa. Sonaban bastante bien y era imposible no bailar.
Al día siguiente Luci y yo tuvimos una sesión de peluquería africana, las primas de Uri se pasaron la mañana haciéndonos trencitas en a peluquería donde Aissa trabaja. Fue una mezcla entre relax, dolor, cansancio y entretenimiento. Las peluquerías africanas se alejan mucho de las occidentales, en lugar de secadores, rulos y tintes te encuentras pelucas y pelos postizos de todos los tipos. La peluquera mientras te peina se marca un baile, una señora entra y mientras espera su turno, se saca una esterilla de detrás de una silla para echarse una siesta de hora y media tumbada en mitad del local.
A la mañana siguiente nos disponemos a realizar la misión encargada por nuestro guardián, para ello nos desplazamos al mercado central, donde según las indicaciones de Leopold, su mujer, Angel, vende pescado. Nos adentramos acompañados por un chaval que dice conocerla, en medio del bullicio, de la muchedumbre, los intensos olores, las infinitas moscas, los charcos en el suelo, los miles de vendedores tratando de hacer su agosto con el grupo de blancos. Finalmente llegamos a la zona donde se vende el pescado. El olor comienza a ser insoportable y decido comenzar a respirar por la boca. No hemos tenido suerte, la gente nos dice que Angel no ha venido hoy al mercado porque ha fallecido un amigo suyo. Salimos de allí haciendo el mismo recorrido que a la entrada, pero esta vez tardamos el doble ya que Panto se entretiene con el juego del regateo. Al final la cosa le sale bien y se vuelve con un par de camisetas de futbol a un precio de broma. Ya está haciendo planes de negocio de exportación de camisetas de futbol para España.
Nuestra estancia en esta ciudad llega a su fin. Quedamos encantados con la hospitalidad de sus gentes. La siguiente etapa: Ziguintchor-Dakar vía marítima.

PAULA MUÑOZ ANTÓN

jueves, 4 de noviembre de 2010

ÁFRICA.

Cada vez queda menos, apenas una semanita para cumplir uno de mis sueños y a medida que pasan los días son mayores también mis miedos, Guniea Bissau me espera.
Asi que me veré obligada a dar un parón con el blog, ya que desde esos rincones recónditos raras veces conseguiré conectarme.
Se que a la vuelta tendré material suficiente para rellenar estos 6 meses de abandono.

Dejo un artículo de Saramago que viene al pelo.

África

En África, dijo alguien, los muertos son negros y las armas son blancas. Sería difícil encontrar una síntesis más perfecta de la sucesión de desastres que fue y sigue siendo, desde hace siglos, la existencia en el continente africano. El lugar del mundo donde se cree que la humanidad nació no era ciertamente el paraíso terrenal cuando los primeros “descubridores” europeos desembarcaron (al contrario de lo que dice el mito bíblico, Adán no fue expulsado del edén, simplemente nunca entró
en él), pero con la llegada del hombre blanco se abrieron de par en par, para los negros, las puertas del infierno. Esas puerta siguen implacablemente abiertas, generaciones y generaciones de africanos han sido lanzadas a la hoguera ante la apenas disimulada indiferencia o la impúdica complicidad de la opinión pública mundial. Un millón de negros muertos por la guerra, por el hambre o por enfermedades que podrían haber sido curadas, pesará siempre menos en la balanza de cualquier país dominador y ocupará menos espacio en los noticiarios que las quince víctimas de un serial killer.Sabemos que el horror, en todas sus manifestaciones, las más crueles, las más atroces e infames,barre y asola todos los días, como una maldición, nuestro desgraciado planeta, pero África parece haberse convertido en su espacio preferido, en su laboratorio experimental, el lugar donde el horror se siente más a sus anchas para cometer ofensas que creíamos inconcebibles, como si los pueblos africanos hubiesen sido señalados al nacer con un destino de cobayas, sobre las que, por definición, todas las violencias serían permitidas, todas las torturas justificadas, todos los crímenes absueltos.Contra lo que ingenuamente muchos se obstinan en creer, no habrá un tribunal de Dios o de la Historia para juzgar las atrocidades cometidas por hombres sobre otros hombres. El futuro, siempre tan disponible para decretar esa modalidad de amnistía general que es el olvido disfrazado de perdón, también es hábil en homologar, tácita o explícitamente, cuando tal convenga a los nuevos
arreglos económicos, militares o políticos, la impunidad de por vida a los autores directos e indirectos de las más monstruosas acciones contra la carne y el espíritu. Es un error entregarle al futuro el encargo de juzgar a los responsables del sufrimiento de las víctimas de ahora, porque ese futuro no dejará de hacer también sus víctimas e igualmente no resistirá la tentación de posponer para otro futuro aun más lejano el mirífico momento de la justicia universal en que muchos de nosotros fingimos creer como la manera más fácil, y también la más hipócrita, de eludir responsabilidades que solo a nosotros nos caben, a este presente que somos. Se puede comprender que alguien se disculpe alegando: “No lo sabia”, pero es inaceptable que digamos: “Prefiero no saberlo”. El funcionamiento del mundo dejó de ser el completo misterio que fue, las palancas del mal se encuentran a la vista de todos, para las manos que las manejan ya no hay guantes suficientes que les oculten las manchas de sangre. Debería por tanto ser fácil para cualquiera una elección entre el lado de la verdad y el lado de la mentira, entre el respeto humano y el desprecio por el otro, entre los que están por la vida y los que están contra ella. Desgraciadamente las cosas no siempre suceden así. El egoísmo personal, la comodidad, la falta de generosidad, las pequeñas cobardías de lo cotidiano, todo esto contribuye para esa perniciosa forma de ceguera mental que consiste en estar en el mundo y no ver el mundo, o solo ver lo que, en cada momento, sea susceptible de servir a nuestros intereses. En tales casos solo podemos desear que la conciencia venga, nos tome por el brazo, nos sacuda y nos pregunte a quemarropa: “¿Adónde vas? ¿Qué haces? ¿Quién te crees que eres?”.
Una insurrección de las conciencia libres es lo que necesitaríamos. ¿Será todavía posible?

No tengo mucho más que añadir, quizá a la vuelta.
Espero que al final el mensaje sea más esperanzador.