domingo, 19 de junio de 2011

Ruta por Cassamance (2ªparte)

Al pisar la arena de Carabanne me sentí en un autentico paraíso. Es una isla con una superficie considerablemente grande y una población insignificante para sus dimensiones, pues apenas dispondrá de unas 50 casas, una mezquita y un par de tiendecitas y todo el resto se encuentra recubierto por selva virgen y bonitas playas rodeadas de palmeras cocoteras que parecen agacharse para beber del agua salada del mar.

Nada más llegar nos salieron a recibirnos algunos habitantes, una mujer nos había preparado comida, pues el chico del bar de Elinkin la informó de que íbamos a llegar a la isla. Después de comer decidimos dar un paseo para buscar un lugar donde dormir. Durante el trayecto nos acompaño Buba un niño de unos 4 añitos que se enganchó a mi mano y no se separó hasta que encontramos el sitio donde íbamos a pasar nuestros días de vacaciones. Después de visitar unos cuantos hostales, decidimos quedarnos en un campamento llamado Badji Cunda, el más acogedor de todos, pues eran cabañitas con techo de paja a la orilla del mar, y también el más barato. Los dueños de aquel lugar eran una pareja de hippies franceses ya cincuquentones que durante los 6 meses de seco vivían en la isla y durante la época de lluvias volvían a Francia. Eran una pareja bastante curiosa, el hombre era un músico loco y la mujer parecía vivir en una especie de limbo. Todas las noches se armaban buenas juergas en el campamento. Comenzaban con las cervezas y luego se pasaba al pastis (anís), hasta el momento en el que la cuenta era imposible de llevar porque el dueño estaba tan borracho que no conseguía apuntar en la lista lo que tomábamos. Además de los jefes del Badji Cunda y nosotros, se unían a la fiesta el resto de hospedes que se alojaban en el campamento, que no eran muchos. Una pareja de italianos de unos cuarenta años, que por las noches no se movían de la barra del bar y por el día no se despegaban de la toalla tendida en la arena de la playa y una mujer francesa con su hija y su pareja. La mujer era una hippie también de unos cincuenta y tantos que se unía siempre a la fiesta acompañada de su instrumento, una melódica con la que se arrancaba siempre acompañada de alguien que tocaba el djembe o la guitarra. Su hija no debía de pasar los 12 años, no se despegaba de su gatito y parecía estar algo aburrida de aquellas vacaciones y harta de las excentridades de su mamá, aunque a nosotros nos parecieran muy divertidas. La pareja de esta señora era un viejo rasta nativo. Era un hombre parco en palabras, grandote y cojo. Sus rastas ya tenían un color grisáceo y siempre las llevaba cubiertas con un enorme gorro de paja, también tenía una frondosa barba que le cubría la cara y le ensombrecía el rostro a la vez de darle un toque entrañable. Siempre estaba sentado como a la sombra y margen de todo, no participaba en los diálogos, pero se expresaba con su guitarra vieja y desafinada. 


La verdad que formábamos una mezcla peculiar de gente de varias procedencias y edades. Desde la primera noche se formó un clima muy agradable y en cierto modo los comencé a sentir como una pequeña familia. Cada quien con su locura, conectamos perfectamente y aunque no podía expresarme mucho verbalmente por el tema del francés, tampoco hizo mucha falta para que todo fluyera entre la música y el pastis. Además de los que vivíamos en el Badji Cunda, por las noches se acercaban algunos isleños, que no eran muchos pues Carabanne tiene una población bastante reducida (500 habitantes).



A parte de la peculiar fauna del campamento, conocimos a Alejandro y Francisco. Una tarde mientras Panto y yo explorábamos la isla escuchamos una voz que gritó: ¡Españoles!, giramos la cabeza y nos encontramos con dos chavales, uno de ellos melenas y barbudo y con un marcado acento andaluz y el otro alto delgado y rubio con aspecto y acento francés. Aunque resultó ser portugués de 28 años que llevaba más de nueve meses viviendo en Carabane.

Francisco es antropólogo y está realizando un estudio sobre la influencia de la presencia blanca en las antiguas colonias europeas del continente africano. Vive en la casa de un nativo llamado Sheriff, un hombre tranquilo, de unos 40 años y movimientos pausados, que vive de la pesca con su pequeña canoa de madera. Aquella casa de paja, levantada en mitad de la arena y decorada con pieles de cabra tintadas, me recordaba al escondite de un viejo pirata. En realidad aquella isla perdida en la desembocadura del rio Cassamance podría ser el escenario perfecto para rodar la Isla del Tesoro. A medida que descubríamos a Francisco nos sorprendíamos más. Habla español, inglés, francés, alemán, italiano, algo de wolof y djola (lenguas de Senegal) e incluso criolo. Francisco había viajado desde Lisboa hasta Guinea-Bissau en autostop con la sola compañía de su mochila, no le bastaba con una vez, este viaje lo ha recorrido 3 veces. De hecho el fue el “culpable” de que el gusanillo que teníamos de volvernos en coche hasta España haya crecido y nos hayamos decidido a embarcarnos en esta nueva aventura. Llegar hasta Marruecos en transporte público cruzando Senegal, Mauritania y Sáhara Occidental. De hecho el nos acompañará en la vuelta hasta España.

Sobre Alejandro podría contar mucho, creo que tiene tantas historias como para escribir un libro. Nos dejó a todos con la boca abierta cuando nos habló de su aventura: había llegado a la isla en su pequeño velero, pasando 12 días en alta mar, desafiando los peligros del océano totalmente sólo. El velero no media más de ocho metros, era de segunda mano, el piloto automático se le había averiado por el camino y además no disponía de ninguna formación, ni titulo de navegación.

Alejandro partió del puerto de Málaga con la intención de llegar a Brasil, sus amigos bromeaban diciéndole que no llegaría ni a las Canarias. Cuando atracó en las islas, otros marineros le convencieron para cambiar el rumbo destino a Senegal, pues el barco no reunía las mínimas condiciones para la hazaña de cruzar el atlántico. Su arrojo, pasión por la vela y la confianza en si mismo le habían ayudado a llegar hasta la costa del África Occidental. Nos comentaba que había sufrido momentos difícil, sobretodo cruzando el estrecho. Es un punto muy complicado donde el mar es muy bravo, debido a que es un lugar donde se juntan diferentes corrientes. Había tenido que huir de la policía, pues le podrían haber multado, por no disponer de titulo y tener la licencia caducada, además de llevar un cargamento de ropa que iba repartiendo por diferentes aldeas aisladas en diferentes islas senegalesas. Tampoco podía acercarse demasiado a las pateras, algo que le resultaba realmente duro, pues comentaba que la gente se encontraba en tan inhumanas condiciones que eran capaces de todo y podían asaltarle, aunque desde el barco les tiraba bidones de agua para ayudarles, pues probablemente llevaran más de 10 días sin beber una gota. Pasamos la noche escuchando anécdotas y nos revolvió las ganas de montarnos en su velero, aunque fuera apenas para ir a conocer otra pequeña isla vecina.

Alejandro viajaba casi sin dinero y había llegado hasta Senegal haciendo trueques con otros marineros, cambiaba ropa, herramientas y aquellas cosas de las que podía prescindir para obtener gasolina, comida, agua…. Nos comentó que andaba algo apretado de pelas, para la vuelta y nos propuso un viaje en su velero con desayuno, comida, cena y cama para pasar la noche, por menos de lo que pagábamos en el Badji Cunda. A todos nos pareció una idea genial, pues todos ganábamos.

Al día siguiente llegaban a Carabanne Neus, una amiga de alicante y Abraham, su compañero de viaje. Ambos biólogos habían pasado un mes en Senegal, en un parque natural con una beca estudiando los chimpancés, y el impacto del turismo en el parque. Junto con Neus y Abraham llegó otra española llamada Adela. Esta chica estaba viajando sola por Senegal, iba de una ciudad a otra con intención de asentarse por un tiempo en algún poblado para aprender danza africana. Al final en aquella isla perdida en el Atlántico, nos juntamos un grupo muy diverso de españoles y un portugués compartiendo unos días de vacaciones.

PAU

viernes, 17 de junio de 2011

Ruta por Cassamance (1ª Parte)

Salimos de Bissorã un viernes, día de Lumo (mercado grande en la ciudad). Toda la gente está en la calle y han venido mujeres, hombres y animales de varios lugares del país. Nos dirigimos ha “Paragem” con la intención de coger un coche que nos deje en Bula, punto de partida. No tenemos planeado nada y no sabemos muy bien cual será nuestro destino, todo depende de lo rápido que encontremos coches para llegar hasta Zinguintchor, capital de Cassamance (Senegal). Tenemos suerte, un coche de ADPP (la ONG con la que trabajamos) se ofrece a llevarnos en la parte de atrás del 4x4 hasta Bula, una vez allí cogemos una Candonga (furgoneta grande para unas 20 personas) que nos lleva hasta Sao Domingos, ciudad guineana que hace frontera con Senegal. Allí cambiamos de coche para llegar a Zinguinthor. Cruzamos el punto fronterizo y unos cuantos controles militares. En uno de ellos nos paran para registrarnos los macutos y pasamos un momento de risas al ver que uno de los militares confunde un bote de Albahaca con un frasco de Marihuana, fue divertido explicarle lo que era.

En la capital de la región buscamos otro coche que llegue a Cap Skirring, una ciudad costera al Sur del país, primer punto de parada para pasar algunos días. El camino, es espectacular, la naturaleza es increíble pero se encuentra plagada de militares camuflados, algo que estropea un poco el paisaje. Nada más llegar a la ciudad y bajar de la Candonga, unos cuantos rastafaris se disponen a ayudarnos a buscar un lugar donde pasar la noche. No nos hizo falta caminar mucho para percatarnos de que aquel lugar era destino de veraneo de muchos turistas franceses, pues la ciudad estaba totalmente acondicionada para los guiris, restaurantes, mercados de artesanía africana y grandes hoteles, algo imposible de ver en Guinea. Decidimos quedarnos en unas cabañas a pie de la playa, alejadas del barullo urbano, a un precio realmente barato para lo increíble de las instalaciones. Nos acomodamos y nos preparamos para hacer una cena española, pues teníamos un surtido de embutidos que Lucia había traído la semana pasada de España. Nos dimos un gran homenaje con morcilla burgalesa y jamoncito, algo que no habíamos catado desde hace 5 meses y que realmente echábamos de menos. Invitamos a los dueños del hotel, pero sólo Paco, un guineano, pudo probar la comida, pues los demás eran musulmanes y se perdieron el festín. Después de la cena fuimos caminando hasta la ciudad para ir a un concierto de música tradicional Djola y Mandinka (etnias del Sur de Senegal y Guinea). Allí nos encontramos con los rastas que nos habían acompañado a buscar alojamiento. Al principio nos parecieron muy majos, pero al final acabamos algo cansados, pues aparecían en cualquier lugar donde nosotros estábamos y fue difícil quitárnoslos de encima, pues eran autenticas lapas.

Al día siguiente bajamos a la playa, cuando estábamos tumbados comenzamos a escuchar algunas voces que nos eran bastante familiares, giramos la cabeza y nos encontramos a Pura y Antonio dos amigos extremeños que conocimos en Guinea y trabajaban como nosotros de voluntarios, casualidades de la vida estaban durmiendo en las cabañas vecinas. Panto, Luci y yo decidimos ir caminando por la orilla hasta un cabo que sobresalía, por el camino un senegalés se ofreció a acompañarnos hasta un pueblo de pescadores a unos 3km de donde nos encontrábamos. Al llegar vimos un ajetreo de pescadores que llegaban con sus canoas de madera, pintadas con alegres colores a la orilla del mar. Las embarcaciones sólo conseguían salir del agua empujadas por docenas de hombres. Estos pequeños botes iban cargados de pescado y marisco de todas clases. Había ostras, gambas, cangrejos, tiburones, peces martillo…

El pescado se limpiaba en el momento de llegar y luego era vendido a las mujeres, que más tarde se encargaban de distribuirlo por los diferentes mercados callejeros. La arena de aquel lugar quedaba llena de montones de tripas de pescado y desperdicios, por los que las gaviotas se peleaban. A lo lejos de aquel tumulto de personas, pescado y barcas se alzaba una enorme montaña formada por caracolas. Era un gran cementerio de conchas que disponía de una escalerita de madera para subir hasta la cima, donde llegamos con cuidado escogiendo las mejores caracolas para quedarnos de recuerdo. Después del largo paseo hasta las cabañas, llegamos completamente quemados y cansados, una ducha, unas cervezas, algo para comer y a la cama, pues al día siguiente queríamos partir a conocer otro lugar que aún no teníamos muy claro: Djemberen o Carabanne.

Despertamos a las 10 de la mañana, hora que en Bissorã es impensable pues ya se encarga la mezquita, los animales y los niños de que seamos bastante más madrugadores. Después de un bañito en la playa, nos preparamos los macutos para partir finalmente a Carabanne, una pequeña isla situada al norte de Cap Skirring, en la desembocadura del gran rio Cassamance en el océano atlántico. Para ello debemos dirigirnos primero a Elinkinne, lugar donde se cogen los botes que llevan a las diferentes islas. Gambia un rasta que trabajaba vendiendo artesanía en la playa nos ayudó a encontrar transporte y en menos de 30 minutos un coche nos estaba esperando en la puerta. El viaje pasó rápido y ameno, pues no íbamos apretujados como el resto de las veces y en la radio sonaba Bob Marley, mirar por las ventanas era espectacular y relajante, a derecha e izquierda se levantaban enormes palmerales. Diferentes tipos de palmeras se mezclaban formando un bonito bosque tropical. De vez en cuando cruzábamos algún pequeño rio bordado por manglares que clavaban y enroscaban sus raíces en el agua. A veces la vegetación desaparecía por completo y la tierra se quedaba desnuda de un color anaranjado con apenas algunos matorrales secos que se difuminaban con el horizonte.


Puerto de Elinkine

Al llegar a Elinkinne nos recibieron unos cuántos chicos que se encargaban de transportar viajeros en sus pequeñas embarcaciones de colores. Aún faltaban un par de horas para que el cayuco partiera a Carabanne, decidimos comprar la seña y esperar en el único bar del pueblo. A las tres horas nos vinieron a buscar los chavales pues la barquita estaba lista para partir. Era una patera de madera que disponía de un pequeño motor, nos dieron uno chalecos salvavidas de un naranja pálido y roídos por la fuerza del Sol. En el momento de subir, crucé los dedos porque aquella patera no me inspiraba ni la más mínima confianza. Una vez que arrancó y comenzó a navegar la barquita entre los manglares, me sentí más tranquila, pues el mar no estaba picado y era como una enorme balsa de agua. A un lado y a otro se veía tierra cosa que me daba bastante tranquilidad. El gusanillo del principio desapareció e incluso me atreví a dirigir la barca. Es bastante sencillo, no hay más que llevar la palanca a la inversa de donde quieres desplazar el bote. Durante unos 20 minutos estuve dirigiendo el cayuco, pero enseguida me agobié cuando vi que unas cuantas olas rebeldes azotaron la barca y mojaron el interior. Preferí dejar el timo a su dueño y volver a mi lugar, también Lucí probó a ser timonera. El viaje duró apenas 40 minutos. Y a unos 45 metros de llegar a la oriya la paterita se paró y los dos dirigentes se tiraron al agua. Me quedé bastante desconcertada, no sabía lo que estaba pasando. De repente toda la gente que se encontraba en el cayuco comenzó a lanzarse al agua. La isla quedaba lejos pero el agua no sobrepasaba la cintura. Me pregunté ¿y ahora, como voy a llevar el macuto y la cámara de fotos sin que se me mojen? No pude pensar mucho, uno de los chicos me cogió en brazos, pensé que sólo me ayudaría a bajar, pero se colocó el macuto en los hombros y a mí me cogió a la sillita de la reina para llevarme hasta la misma orilla, el otro chaval hizo lo mismo con Lucia. Y al resto de la gente les tocó mojarse el culo. Yo me moría de la vergüenza pues no entendía porque debía tener aquel privilegio en vez de llegar andando por el mar como todo el demás. Pataleé y le suplique que me bajará, la situación era incomoda y cómica al mismo tiempo, al final le convencí y me dejó en el agua solo necesitaba que me ayudará con el equipaje. De esta forma llegamos a la isla.

PAU

lunes, 30 de mayo de 2011

Bissorã, mi ciudad africana.

Bissorã 25-05-2011


Bissorã es una pequeña ciudad guineana sumergida en el interior del país por un abrazo de naturaleza salvaje, rodeada de mangos, palmeras, baobabs y árboles de cajú.(anacardo)
Es la capital de la región de Oio, una de las más pobres de Guinea-Bissau. Bissorã es una ciudad con una gran carencia de infraestructuras y empobrecida teniendo en cuenta que es la capital de la región.
Toda la actividad se concentra en la plaza. Una rotonda de tierra y cemento en ruinas con unos cuantos bancos de piedra cascada por el paso de los años. En el centro se levanta un gran cartel donde aparecen una pareja de jóvenes abrazándose y el siguiente lema “Jovem rapariga e joven rapaz protegem-se contra o SIDA usando camisinha” (Jóvenes se protegen contra el SIDA usando preservativo) Algo poco efectivo teniendo en cuenta que apenas un 10% de la población habla portugués y sólo el 50% sabe leer y escribir.
Alrededor de esta rotonda se amontonan sombrillas de colores desgatados por el sol y roídas por el tiempo. Bajo las sombrillas se sientan las mujeres exponiendo en una destartalada mesita de madera los productos con los que se ganan unos cuantos francos para sobrevivir. Se venden bananas, mangos, cacahuetes, bollos de harina con azúcar y unas bolsitas de plástico con dos tipos de agua: la filtrada a 50francos y la de pozo a la mitad de precio. También alrededor de la plaza se encuentran unas tiendecitas construidas con chapa, donde se venden productos importados. Los propietarios de estos negocios son gente con mayor poder adquisitivo, la mayoría de ellos, hombres de Guinea-Conakry. Venden leche en polvo, galletas, latas de sardinas, aceite de girasol y Kornabife, una especie de mortadela enlatada con un sabor bastante extraño que me recuerda al paté. Las tiendas más sofisticadas disponen de un generador, donde pueden conectar una nevera y tener durante algunas horas bebidas frescas, lujo que casi nadie puede permitirse comprar.
En la rotonda también se encuentra la discoteca de la ciudad, un edificio fantasma que pocas veces suele funcionar, ya la que apenas hemos ido un par de veces.
Las calles no tienen nombre, excepto “Rua Bianda” (calle de la comida). Un callejón que surge de la rotonda, dónde se agolpan chabolas de madera y chapa que hacen la función de restaurante. En estas casetas, muchas de ellas regentadas por senegaleses, se hacen desayunos y comidas, se cocinan platos de arroz con mafe (salsa de carne o pescado) y bocadillos de huevo o judías pintas. También se vende solo a ciertas horas del día el café Touba, tradicional de Senegal, especiado con clavo y pimienta. Las condiciones de higiene y salubridad son nefastas pero los estómagos africanos están curados de espanto y al mío no le ha costado mucho adaptarse. Paralela a la “Rua Bianda” se encuentra la calle del mercado y los “alfaiates” (costureros). La primera vez que entre al mercado, salí con ganas de vomitar, estas nauseas fueron causadas por el fétido olor que desprendían los pescados expuestos durante demasiadas horas al Sol y recubiertos de innumerables moscas. Los lugares de trabajo de los alfaiates son mesas con máquinas de coser expuestas al aire libre y montones de paños coloridos colgados de un lado a otro de la pared. Tras la plaza, se encuentra” Paragem”, uno de los lugares más ajetreados de la ciudad, allí se concentran los coches esperando  a llenarse para transportar viajeros a otras ciudades del país. Después del centro neurálgico surgen caminos de tierra erosionada por dónde se dispersan las viviendas de adobe y techo de paja o chapa formando un laberinto caótico, extendiéndose varios km como brazos de pulpo que se sumergen entre la vegetación tropical

Los animales en Bissorã campan a sus anchas, merodeando entre los montones de basura que rebosan  en cada esquina e incluso invadiendo las viviendas que carecen de puertas. Cerdos, gallinas, cabras y burros vagabundean libres por los caminos, alimentándose de cualquier residuo. También abundan los perros, esta vez animales sin dueño. Canes pulgosos llenos de heridas abiertas infectadas de moscas y a los que se les transparentan los huesos. Estos chuchos moribundos, son huidizos y somnolientos pues más que caricias reciben pedradas. Las vacas son algo más organizadas, decenas de reses son guiadas y controladas por niños que no superan los 9 años de edad, no dejo de sorprenderme cada vez que me encuentro con esta estampa.
A parte de los animales comunes de granja, están los animales salvajes o animales de mato como los denominan aquí, bastante más difíciles de ver, excepto el “jugudé” (buitre), que abunda como las palomas en cualquier ciudad europea y los diferentes tipos de lagartos y camaleones. En la selva se esconden los monos, gacelas, puercoespines, osos hormigueros, serpientes, a las que se le otorgan poderes sobrenaturales y hienas. A los monos he tenido la suerte de encontrarlos saltando de árbol en árbol, a las gacelas también pues las suelen cazar para comer, también he avistado alguna serpiente pensando que eran inofensivas para más tarde enterarme de que una sola mordedura puede llegar a matar a un hombre. A los que no he tenido el “placer” de conocer son a las hienas, que deben ocultarse en la profundidad de la selva o quizás ser un mito del imaginario guineano. También existen los animales acuáticos que viven en el rio Nora. Allí habitan una pareja de hipopótamos y algunos cocodrilos, aún no los he visto porque suelen llegar en la época de lluvias. Y hablando de animales  no podría faltar la mascota icono de Bissorã, el camello, un autentico sobreviviente. Es un regalo de Gadafi. El pobre animal anda siempre desorientado en un habitad que para nada es el suyo y sin ningún tipo de compañía de su misma especie, pues los otro cinco camelos que venían como paquete en el presente del dictador libio murieron por falta de adaptación. Cada vez que el camello hace acto de presencia por la plaza, forma un cómico revuelo. Los niños corren detrás de él gritando “Camelo, camelooo camelooo!!” y las mujeres huyen, pues el animal alarga su cuello para comer las barras de pan que portan sobre sus cabezas.
Para terminar con la fauna de la ciudad tengo que nombrar el reino de los insectos, muy variopinto por cierto. Las reinas son las termitas, que construyen sus palacios en todos los lugares, son los arquitectos de la naturaleza y sus edificios pueden llegar a medir más de 2 metros. Si te descuidas en menos de un día comienzan la edificación de sus castillos de serrín y arena  en el centro de la habitación. Las casas de las termitas se denominan Baga-baga, y en Guinea tienen connotaciones mágicas.
El cielo que envuelve todo este paisaje es limpio y de un azul resplandeciente exento de polución. Cuando anochece la ciudad desaparece, al menos para mis ojos. No existe la electricidad en todo el país y exceptuando las noches de Luna llena se hace difícil caminar, pero sus habitantes son como los gatos, disponen de una visión nocturna excelente, son capaces de reconocerse a varios metros de distancia en la penumbra e incluso de montar en bicicleta por  los caminos imposibles cubiertos de baches y socavones. Por donde he caído varias veces intentando imitar sus habilidades. Mirar al cielo las noches de Luna Nueva es espectacular pues se encuentra bañado por un mar de estrellas brillantes que parecen velas encendidas en una enorme tarta negra.
No puedo hablar de esta ciudad sin hablar de su gente, sin lugar a dudas lo que me ha cautivado y ha hecho tan agradable mi vida aquí en África. Los guineanos son personas conectadas a la tierra, alejadas del mundo asfaltado donde nada puede crecer. Viven de lo que mamá naturaleza las otorga y conviven en armonía con los animales. Son sinceros y naturales, no se andan por las ramas a la hora de decirte cualquier cosa, para lo bueno y lo malo son claros hasta la médula. Son serviciales y muy hospitalarios, muy rara vez tratan de engañar a un blanco, aunque para ellos seamos símbolo indiscutible de dinero. Si necesitas ir a cualquier lugar y andas algo perdido, son los primeros en acompañarte donde haga falta, hasta el punto de que desmesurada hospitalidad llegue a agobiarnos. Abren las puertas de sus casas confiados y sin esperar nada a cambio y lo entregan todo a pesar de lo poco que tienen. Son gente alegre y sencilla a pesar de vivir en unas crudas condiciones de vida.

PAULA MUÑOZ ANTÓN

domingo, 8 de mayo de 2011

Un día en Bissorã (Guinea-Bissau, África)


Bissorã, 29 de marzo 2011

Mi barrio en Bissorã

Son las 6 de la mañana y las mezquitas de la ciudad comienzan a llamar a sus fieles para acudir al primer rezo del día. Estos cantos penetran en mi sueño y me hacen abrir los ojos, doy un par de vueltas en la cama y feliz me voy a dormir, pues sé que aún me quedan dos horas más de sueño a duermevela entre el cacareo de los gallos, el rebuznar de los burros, el balar de las ovejas y los golpes en la chapa del tejado de algún buitre torpe.

A las 8 de la mañana llega mamá Arminda cargada de energía dispuesta a terminar de despertarnos con su voz quebrada y aguda “lanta djotos! Sol manse!” (levantar dormilones ya ha amanecido). Pegada a las sabanas por el sudor de toda la noche me voy a la ducha, lleno un cubo de agua fresquita de un bidón que tenemos como depósito y me lo tiro por todo el cuerpo. Ahora ya ha comenzado el día. Pongo agua a hervir para hacer té y salgo a la calle para buscar el “matabicho” (el desayuno). Compro un par de barras de pan recién salidas de un horno de adobe a una mujer que las vende en frente de casa expuestas en una mesita de madera. Si ha sobrado tomate de la cena me hago un pantumaca, si no como un mendrugo de pan con azúcar. Cojo la bici y me voy hasta “Mangulum”. Mangulum es el lugar donde se encuentra la Escuela de Formación Profesional y todas las oficinas de los demás proyectos de ADPP, la ONG con la que trabajo. Le han dado este nombre porque es un lugar repleto de árboles de mango. Por el camino la gente me da los buenos días desde sus casas:

-“Bom dia Paula, Kuma ki bu manse?” (Buenos días Paula, ¿qué tal has amanecido?),

-“Manse diritu obrigado” (Muy bien gracias).

Los niños corretean detrás de la bici gritando mi nombre y aquellos que no se lo saben me gritan “branku pelele” (Piel blanca).

Llego a la oficina del Club de Agricultores, proyecto donde estoy de voluntaria. Los días que no voy a Cawal a trabajar con nuestro proyecto de la escuela me voy a otras “tabancas” (aldeas) con Rosenda o Raquel, dos guineanas que trabajan como animadoras de salud. Nos desplazamos en moto para hacer sensibilización sobre enfermedades como cólera, malaria y sida, uso de letrinas e higiene básica. Si no tengo ninguna salida programada me quedo en la oficina escribiendo estos correos como forma de informaros y para entretenerme. También estoy preparando seminarios de formación para los animadores que trabajan en las tabancas junto con los agricultores. Ahora estoy trabajando en un seminario sobre nutrición y otro sobre técnicas de intervención con la Comunidad. De nutrición no tengo ni idea, por eso estoy leyendo un libro y algunos documentos de la FAO, aparte de que cuando voy a Bissau intento descargarme información en internet. Aquí la alimentación es muy pobre y la mayoría de los niños crecen a base de arroz. Desde el proyecto se intenta que los agricultores enriquezcan su alimentación cultivando otros productos para que los incorporen a su dieta además de que puedan aumentar su producción y venderla en los mercados locales para mejorar la economía familiar. La idea es buena, la práctica es complicada, pues el hábito es lo más difícil de cambiar, aunque es cierto que el proyecto está consiguiendo grandes cosas.

Después del día de trabajo solemos hacer una visita a “Kó de Mana Guida” (Casa de Guida), el único rincón de la ciudad donde puedes tomarte algo fresquito. Y ese algo fresquito suele ser una cerveza que realmente se agradece con este calor. Es nuestro momento de evasión, una forma de conectar con la tradición española de las cañas, pero sin tapa, claro está. Este lugar está de camino a casa, y desde que lo descubrimos suele ser parada obligatoria. Ya sabíamos de su existencia antes de llegar porque otros voluntarios nos habían hablado de Guida, tardamos algo en reconocer el bar, ya que aparentemente es una casa típica guineana, que nada tiene que ver con la idea que tenemos interiorizada de bar, por muy cutre que lo pintemos en España. En Guida siempre nos reunimos los mismos y se forma una pequeña familia. En realidad Bissorã es una ciudad enlazada de parentescos, donde todos son primos, hermanos, nietos, abuelos, tíos… es un gran árbol genealógico.

Mientras disfrutamos de la cervecita suele andar el pequeño Fabio correteando por la casa. Fabio es el nieto de Mana Guida, y el niño más encantador de Bissorã. Tiene cuatro añitos y es un puro torbellino de alegría, es imposible pasar un segundo a su lado sin sonreír. Baila y canta el “Waka, waka” con mas estilo y salero que Shakira.

Después de una, dos o tres cervezas, según las ganas y dependiendo de nuestra economía de voluntarios, volvemos a casa, donde nos espera Arminda entre el fogón de carbón cocinando el plato típico: arroz, una ensalada de tomate y alguna que otra variación, que suele ser berenjena, pescado o patata. Cenamos a eso de las siete y media de la tarde, hora a la que el sol se esconde, dejando una increíble imagen en el horizonte y tiñendo el cielo de un rosa amoratado.

Si han comprado gasolina (cosa que rara vez suele ocurrir) encendemos el generador, todo un ritual y se hace la luz. Si no, cenamos a lo romántico, con un par de velas prendidas. Mientras comemos se van uniendo a la mesa diferentes amigos que pasan por enfrente de casa, o conocidos y desconocidos que nos saludan desde la ventana. Como dice el refrán, donde comen dos comen tres, y más en África.

Luego aparece Leopold, nuestro guardián, del que ya os he hablado varias veces. Con una sola mirada ya podemos averiguar las condiciones en las que llega. Si no anda con un trago de más de vino de palma se une con nosotros a la mesa y nos divierte con alguna de sus excéntricas anécdotas. La última novedad que le pasa por su cabecita loca, es irse a Cabo Verde en cayuco. La distancia que separa Cabo Verde con Guinea es realmente grande, pero Leopold piensa, que desde Guinea se avistan las luces de Praia, capital del archipiélago caboverdiano. Sólo tendría que seguirlas para llegar hasta allí. Verdaderamente este viaje sólo puede tener cabida en la cabeza de un gran soñador. Es una travesía imposible para una canoa a remos. Realmente confía en este viaje y tiene la esperanza de que seamos su tripulación.

Si aparece Eldabliu pasamos la noche tocando y cantando, si aparecen algunos niños, jugando, y así cada noche una noche diferente.

La verdad es que me gusta que la casa esté llena siempre de gente, porque le da alegría y vida. Me gusta la forma de vida africana, donde las puertas siempre están abiertas para todo el mundo y donde la gente es hospitalaria y cercana. Pero sinceramente muchas veces echo de menos los momentos de tranquilidad e intimidad. En un país donde todo se comparte, donde las casas muchas veces carecen de puertas o ventanas, donde un mismo cuarto pueden dormir hasta diez personas y las paredes son de papel de fumar, la intimidad se convierte en un reto casi imposible. En Europa es fácil cruzarse con un vecino y ni siquiera compartir una mirada, aquí tus vecinos son tu familia y como tal debes tratarles, se que acabaré echando todo esto de menos. Bueno aún me quedan 2 mesecitos más para exprimir todo lo bueno que tiene este país y seguir disfrutando, y quién sabe si algún día volveré.

PAU








miércoles, 6 de abril de 2011

La Mujer en Guinea-Bissau.

Bissorã, 5 de abril del 2011

No dejo de impresionarme con la mujer guineana. Fuerte, temperamental, sufridora, terrenal y trabajadora. Son luchadoras natas, el pilar que sustenta el hogar y la familia. Eternas cuidadoras de enfermos, ancianos, niños propios o ajenos y maridos que a menudo deben compartir con otras. Viven al servicio de los demás. Desde muy niñas aprenden y asumen sin rechistar su rol, pero no pierden la alegría y el humor además de que cualquier excusa es buena para bailar hasta la extenuación.
Parecen llevar las riendas en la sociedad por su fuerte carácter pero en realidad sólo es pura fachada, no hace falta hurgar mucho para descubrir  que  tristemente son las últimas en pintar algo y que al hombre parece importarle más bien poco todo el sacrificio que por ellos hacen.
Son las primeras en levantarse y las últimas en acostarse, son el motor del país siempre a la sombra y exentas de reconocimiento. Su voz ni se oye, ni se escucha.
Deben realizar el doble de esfuerzo que un hombre para obtener la mitad de los meritos que al macho guineano se le otorgan.
La misoginia es un problema mundial y en África se acentúa tanto que difícilmente pasa un día sin que se me revuelvan las tripas de rabia. Son los hombres los que tienen el poder político y económico mientras la mujer queda marginada en la esfera de lo privado, dejándose los cuernos en las tareas domésticas y en el mantenimiento de decenas de niños que deben criar. Además de esclavas del hogar y la familia, son trabajadoras incansables de la tierra. Labran el suelo bajo el  castigador Sol africano con un niño amarrado a su cintura que cargan en la espalda como si fuera una prolongación de su cuerpo. También son vendedoras en los mercados que se organizan en las ciudades más importantes de la zona. Suelen desplazarse a pie para lo cual deben comenzar andar antes de que el Sol se ponga por los caminos empedrados y erosionados  o por el poco asfalto abrasador que recorre este pequeño pedazo de tierra. La mercancía siempre en la cabeza, donde son capaces de cargar pesos incompresibles con un equilibrio de trapecista además de llevar siempre al más pequeño de sus hijos como mochila. Tras pasar el día intentando vender unos cuantos plátanos, tomates, mangos, algún cerdo o cabrito, regresan a casa recorriendo varios km, dónde les espera el marido exigiendo sin pudor un plato de comida sobre la mesa y unas cuantas criaturas esperando a ser amamantadas.
Así es la vida de la mujer guineana y así ellas la aceptan como si no existiera condición mejor. Sufren y no se quejan.
De la fortaleza de estas mujeres nacen sus hijas, calcos de sus progenitoras que aceptan el machismo porque así las han educado. Repiten el esquema aprendido al casarse con sus maridos y formar una familia con el mismo molde.
Cocinan para un regimiento, sin ollas a presión, ni cocinas de gas y mucho menos eléctricas. Lavan la ropa sin lavadoras y deben andar al pozo para conseguir el agua necesaria para este trabajo. Limpian la casa agachadas o de rodillas porque una escoba o fregona es un lujo. Además de que deben hacerse cargo de la chiquillería que han parido y ser buenas esposas y amantes sirviendo a su marido que a fuerza de vivir como un marqués se ha convertido en un dependiente  incapaz de encender el fogón para calentarse el arroz o lavarse sus intimidades.
 El patriarcado es sustentado en gran parte por la aceptación femenina de este sistema, no pretendo culpar exclusivamente al hombre de este problema. Sólo trato reflejar la realidad que yo cómo mujer occidental observo en esta tierra y que me entristece profundamente.
Además de lo anteriormente mencionado, las mujeres siempre quedan en un segundo plano, también claro está en el ámbito educativo. La tasa de analfabetos en Guinea-Bissau es  notablemente superior en el género femenino. Los varones siempre son los  primeros en ir a la escuela mientras una vez más la mujer queda postergada al hogar y la familia. Esta tendencia en los últimos años se ha ido corrigiendo y cada vez son más las niñas a las que se les respeta su derecho de educación. 
Para el final me he dejado la más terrible de las atrocidades que se comenten contra la mujer aquí. A muchas guineanas se las ha negado de por vida el derecho más íntimo del ser humano, el derecho al placer. De pequeñas les robaron para siempre el centro de la sexualidad femenina. Una lámina o cuchilla afilada y en el mejor de los casos un cuchillo les arrancó su clítoris. Cortándoles un pedazo de sexualidad condenándolas  así a no descubrir jamás el placer del acto sexual. La mutilación es el símbolo supremo de la cultura opresiva patriarcal  y por muy increíble que nos parezca este acto de dominación se sigue ejerciendo en muchos lugares del planeta Tierra. Si bien es cierto que el número de mutiladas en Guinea-Bissau se ha reducido considerablemente debido a los esfuerzos del gobierno y a la concienciación del pueblo. En la actualidad esta práctica es cada vez menos usual quedando reducida a algunos grupos étnicos en las zonas más aisladas del país.

Espero que algún día  ellas consigan aprovechar todo el carácter, fuerza y  coraje que las caracteriza para revelarse y  defender sus derechos que tantas veces les son negados.  Espero que algún día ellos dejen de vivir en la postura cómoda del machismo para apoyar a  sus madres, mujeres, hijas, hermanas y amigas. Espero que algún día estas diferencias de género acaben en el mundo y que se eduquen a las nuevas generaciones venideras en una igualdad real.

PAU

jueves, 17 de febrero de 2011

Viaje 4ºparte: Banjul-Zinguinchor




Puerto de Banjul

Aquí  llega la última etapa del viaje y también la más breve.
Despertamos temprano empaquetamos macutos y nos dirigimos  en compañia de Mattar a la Highway (así llaman a las carreteras principales en Gambia).Después de esperar más de 40 minutos al toca-toca (autobús) y ver que tardaba demasiado, decidimos coger un taxi que nos llevó hasta la parada central donde nos despedimos de nuestro amigo gambiano, que tan bien nos había acogido y tratado.  En unos 10 minutos ya estábamos montados en un 7plazas  que nos dejo en una tabanca no muy alejada de la zona. Al llegar allí tuvimos que cambiar de coche, nos montamos  en una furgoneta 24 personas bien apretaditas y pasamos  unas 5 horas de viaje hasta llegar de nuevo a Zinguinchor. Esta vez estaba tan cansada que no me importaba ni lo más mínimo las condiciones de la furgo ni el número de personas que viajábamos en ella. Dormí como un tronco la mayoría del trayecto. Este es el tramo donde se concentra el conflicto por la independencia de Cassamance. Por el camino entre cabezada y cabezada observé impresionada y algo asustada la cantidad de militares escondidos entre el follaje de la selva. Cada 500m encontrábamos alguna trinchera entre los matos. A parte de la presencia militar la carretera estaba llena de troncos, ruedas de camión y más trastos  en forma de obstáculos para dificultar la huida de los rebeldes. Asique e viaje hasta llegar a Zinguinchor fue en forma de S, para poder sortear las barricadas.
Las fronteras entre Gambia y Senegal se hacen a pie ya que los coches de uno y otro país no las pueden cruzar debido a las malas relaciones entre ambos. Se dice que Gambia acoge a los rebeldes.
Al llegar a nuestro destino, volvimos a casa de Aisha, donde encontramos a Uri hecho un autentico trapito. Acababa de llegar de Dakar. Había viajado durante 25horas sin paradas en una furgoneta con 18 personas más y unas cuantas gallinas. Asique decidimos que lo mejor que podíamos hacer era dormir. A las 8 de la tarde ya estábamos todos en la camita dispuestos a curarnos de todo el cansancio.  El viaje había llegado a su recta final, al día siguiente nos esperaba la última etapa para llegar a nuestra querida Guinea-Bissau.

PAULA MUÑOZ ANTÓN

domingo, 6 de febrero de 2011

Viaje 3ª parte: Dakar-Banjul

Finalmente optamos por la aventura, ya habían pasado un par de días y todo andaría calmado después del altercado.
Madrugamos un poquito para despedirnos de Mamadú y Hadí, también de René y Uri que decidieron quedarse en Senegal.
Cogimos un coche que nos llevaría directamente al nuevo destino: The Gambia. El trayecto dio para hablar mucho con los otros viajeros con los que compartíamos coche, especialmente con Binta, una gambiana de 20 años y Fatu, una señora muy grande con mucho caracter y desparpajo. Fatu nos ofreció su casa como hostal, tres personas por noche y comida incluida 8.000 xfca (11€). Nos pareció genial y decidimos ir con ella, tampoco sabíamos muy bien donde íbamos a dormir al llegar. En la frontera nos libramos de pagar gracias a Fatu, normalmente piden un mínimo de 10.000 xcfa, además tuvimos la suerte de ser sellados con un visado de 28 días. Cogimos un barco que nos cruzaba el río hasta llegar a la capital, Banjul (unos 20 minutos de trayecto) una vez allí, la policía nos paró, para registrarnos minuciosamente e intentar sacarnos algo de dinero, pero no consiguieron nada, una vez mas gracias a Fatu. Cogimos un taxi hasta la casa de esta mujer, allí Binta se despidió de nosotros diciéndonos que la llamáramos si algo no nos gustaba.
La casa estaba más lejos de lo que nos imaginábamos, de echo estaba en otra ciudad. Durante el trayeto pude observar la enorme presencia policial existente en este país, lo cual me dejó impresionada, me produjo una mezcla entre miedo y respeto.
Llegamos a Ido Tawn, un lugar muy alejado y sin electricidad, algo que en Guinea es común, pero que en Gambia te sorprende. Entremos en casa y nos acomodamos en la habitación, es aquí cuando Fatu nos mostró su otra cara: la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas. Trató de timarnos, engañándonos con el precio, en el coche habíamos acordado 8.000 xcfa, ella ahora nos decía que eran 8.000 Dálasis (moneda de Gambia), unos 260 euros. Nos quedamos a cuadros, era un precio imposible, nos levantamos dispuestos a marcharnos, aunque no sabíamos donde, entonces ella aflojó, dándose cuenta que no nos iba a sacar mucho dinero. Llegamos a un acuerdo, aunque nos subió tres euros más el precio inicial, no teníamos ninguna opción.
Después de sentirnos timados, la estancia en aquella casa y con esa mujer dejó de ser tan idílica. Fatu comenzó a producirnos un profundo rechazo, además de que era incómodo verla paseándose en bolas por toda la casa, mostrando su enorme cuerpo sin ningún pudor. En cambio, la familia parecía algo mas sencilla. El hijo, un colgao que de unos veintipocos que había sobrevivido en Londres vendiendo Marihuana, y el marido, un señor muy callado y poquita cosa al lado del caracter de su señora.
Al día siguiente despertamos plagados de picaduras de mosquitos, no conseguimos dormir. Panto contó al rededor de 120 picaduras en su cuerpo, raro será que nos libremos de la Malaria. Llamamos a Binta, la chica que conocimos en el viaje, para pasar el día con ella. Nos presentó a Mátar, su hermano, que trabajaba en el mercado de Serakunda (otra ciudad). Cerró la tienda para acompañarnos en el paseo. Nos llevaron hasta Kachicali, donde pudimos cocodrilos. Me impactó muchísimo verles tan de cerca, tan cerca que incluso los toqué.
Con los cocodrilos de Kachicali (The Gambia)

En un solo día habíamos estado en tres ciudades diferentes, debido al diminuto tamaño del país. Matar y Binta eran encantadores, sin conocernos de nada nos trataban con una cercanía impresionante. Nos ofrecieron ir a su casa para vivir el resto de los días totalmente gratis. Aceptamos la propuesta, ambos eran muy amables, nos inspiraban mucha confianza y queríamos huir del castillo de la Reina de Corazones.
Nos desplazamos hasta nuestra nueva residencia en Gambia, allí estaban: la madre de Binta y Mátar, cuatro hermanos e Ismael, el hijo de Binta. Nada mas entrar en la casa sentimos la gran hospitalidad.
Esta misma noche, 31 de diciembre, nos acompañaron a buscar unas uvas por todo Gambia, al final las conseguimos acompañadas de una botella de anís. El tiempo se nos echó encima y nos tuvimos que comer las uvas en un taxi, cantando nosotros mismos las campanadas, sin saber la hora, los minutos ni los segundos al compás libre.
Celebramos la nochevieja en una zona llamada Senegambia, sinceramente el sitio no era de mi agrado. Gambia es un país muy turístico y aquel lugar parecía Benidorm. Pero lo pasamos muy bien junto a nuestros nuevos amigos. Cada vez nos sentíamos mas a gusto con ellos.
El día de año nuevo compramos ocho peces frescos por el módico precio de 60 céntimos y nos fuimos juntos con Mátar a la playa de Bambú.
Nunca olvidaré esta playa, es la típica imagen de una postal paradisiaca, rodeada de selva. Allí pasamos el día y la resaca. Asamos los peces en una barbacoa, acompañados de unas cerves y volvimos a casa con unos chocolates para lo niños. Allí nos esperaba toda la familia, tomamos té y nos fuimos a dormir porque andábamos reventados de todo el día. Mátar, una vez más, nos mostró su generosidad, durmió en el sofá para cedernos su cama.
Así acaba nuestra estancia en Gambia. A la mañana siguiente nos despedimos de la encantadora familia, que nos lo había dado todo si esperar nada a cambio, prometiendo volver a vernos.
Ahora nos esperaba la vuelta de nuevo a Ziguintchor, donde nos encontraríamos con Uri para volvernos juntos hasta Bissorã.
Puesta de Sol en la playa de Bambú

PAULA MUÑOZ ANTÓN