lunes, 26 de septiembre de 2011
lunes, 12 de septiembre de 2011
Camisetitas pintadas a mano.
sábado, 3 de septiembre de 2011
Siete atardeceres y un amanecer en África
martes, 23 de agosto de 2011
POR FATU.
En África, dijo alguien, los muertos son negros y las armas son blancas. Así empezaba un artículo de Saramago que publiqué en este blog antes de partir hacia Guinea-Bissau. Ahora que he vuelto y llevo un mes y medio en España, tristemente debo recuperar esta afirmación para hablar de lo siguiente.
Todos somos conscientes de que nuestra estancia en el mundo es efímera y vivimos con la seguridad de que algún día moriremos. Pero en nuestra cotidianidad ella no está presente, pues no es una compañera agradable y es natural que nos desprendamos de ese vaho frio que desgaja solo el hecho de pensar en el fin de este milagro, que es la vida.
Pero en África las cosas cambian, la muerte está siempre ahí, acechando a hombres, mujeres, adultos, jóvenes y niños y ella siempre se lleva a los más débiles. Parece una estampa terrible, pero quizás esa relación tan cercana con la muerte es lo que hace que ellos vivan su presente sin agobios del futuro, ni opresiones del pasado.
Cuando un niño nace en Guinea-Bissau, los padres no sueñan con que su hijo sea periodista, médico, ingeniero… Cuando un niño nace en Guinea, nadie proyecta su futuro, pues es incierto. Los padres luchan por sacarle adelante, luchan por la supervivencia, por el plato de arroz diario, porque ese bebe se haga fuerte y sea una persona más que colabore en el sustento de la economía familiar. Pero esta lucha no es fácil, pues continuos enemigos amenazan la fragilidad de una criatura tan débil.
Estos enemigos se llaman: diarrea, neumonía, paludismo, sarampión, desnutrición, falta de saneamiento básico, falta de acceso a agua potable…. Enemigos fáciles de combatir, si el hombre le plantara cara al egoísmo, a la comodidad y a esa terrible venda que muchos aún insisten en llevar sobre sus ojos, su mente y su corazón.
No sólo es que a la mitad del mundo no le importen los muertos africanos, si no que tristemente, interesa mantener este horror para que los gobiernos de los países ricos, las grandes empresas y en especial las farmacéuticas se sigan llenando los bolsillos de dinero y las manos de sangre. Pues estas muertes en el fondo son asesinatos, ya que estas víctimas también tienen sus verdugos.
Alrededor de 29.000 niños y niñas menores de cinco años mueren por minuto por causas evitables.
El hambre no es un desastre natural como nos quieren hacer creer, pues existen recursos suficientes en la tierra para alimentar a 8.000 millones de personas y en el planeta tierra habitamos unos 6.000 millones. Así permitimos que Somalia muera, que en cada familia diariamente ocurra el drama de una pérdida y que se esté produciendo un éxodo masivo.
Hoy es Somalia, mañana será Zimbabue, pasado Etiopia…. Pero todos los días es ÁFRICA.
Tristemente puedo ponerle cara y nombre a una de estas víctimas. Hoy para mí deja de ser una cifra alarmante de muertes para convertirse en una pérdida real, ella es Fatumata.
Fatu es la niña regordeta de dos añitos, de la que os hablaba en mis mails cuando vivía en Guinea. Un terremoto de energía que se movía por nuestra casa a todas horas y nos mantenía una sonrisa dibujada en la cara. La más pequeña de una familia muy especial que pasó a ser nuestra familia africana.
Nunca olvidaré el primer día que la vi, entro en casa sigilosa, por la puerta de atrás, que siempre andaba abierta y se plantó en el salón. Estaba llena de mocos, su tripa era enorme (algo común en muchos niños de Guinea) y llevaba un vestido naranja muy alegre que resaltaba en su piel marrón. Nos miramos, yo sonreí, ella permaneció impasible. Me pareció una niña triste, pero desde el primer momento me transmitió una ternura especial. Partí unas naranjas y las aplasté para que pudiera beber el zumo, se relamió y enseguida comenzó a sonreír, no sé cuánto tiempo estuve con ella hasta que apareció Cadi, su madre, pero recuerdo que se estableció algo especial, la cogí cariño enseguida. Al cabo de unos días las visitas de Fatu se hicieron usuales, siempre venía acompañada de Augusta y Domingas, sus hermanastras, a las cuales también quiero y recuerdo todos los días. Fatu correteaba por la casa, se revolcaba por los pasillos, se subía a los colchones, jugaba a matar hormigas, gritaba y balbuceaba ese extraño idioma que tienen los niños y en unos meses se convirtió en la reina de la casa. Tan grande era el afecto mutuo que Domingas comenzó a llamarme “mame di Fatu” y al final la propia niña comenzó a llamarme mamá.
Un día nos sorprendieron con la triste noticia de que Fatu se marchaba a Barro, otra ciudad. Pues Cadi no podía hacerse cargo de ella y en casa de su hermana la necesitaban, esperarían a que creciera un poco y pronto Fatu podría trabajar junto a su tía lavando platos.
Allí estaba ella, en la puerta de casa con su mochilita y un gorro protegiéndola del Sol, sin saber muy bien lo que pasaba ni a donde iba, al lado Cadi su madre destrozada por el dolor de la separación. Acompañamos a Fatu y a su abuela a la plaza de Bissorã, recuerdo que era viernes, día de Lumo (mercadillo) y aprovechamos para comprar un vestidito a Fatu. Montaron en un camión y se marcharon, se me formó un nudo en la garganta y al volver a casa sólo sentí un inmenso vacío. La próxima vez que Fatu la niñita de dos años, visitará Bissorã lo haría convertida en una mujer.
Ayer 22 de Agosto del 2011, llamé a Jahir un amigo guineano, la noticia me descolocó y retumbó en mi cabeza. Fatu la hija de Cadi había muerto esa misma mañana. No lo podía creer. ¿Qué había pasado? Tenía fiebre. Fatu nunca habría muerto de esa manera, ni a esa edad en el mundo rico. Y así cuántos niños como ella mueren en el continente olvidado por cada abrir y cerrar de ojos.
“Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos.”
PAU
jueves, 7 de julio de 2011
Ruta por Cassamance (3ºParte)
A la mañana siguiente nos despertamos dispuestos a emprender una nueva travesía, esta vez en velero. Finalmente decidimos navegar desde Carabanne hasta Zinguinchor (algo que nos llevaría un par de días). Una vez allí volveríamos a Guinea, Abraham y Neus cogerían un ferri para Dakar y Alex se quedaría esperando en Zinguinchor algunos días a Francisco y Adela.
Fue René quien decidió lanzarse al agua y nadar hasta el velero que estaba anclado a unos 30 metros de la orilla para avisar al pirata que dormía en él, de que estábamos dispuestos a partir.
Recogimos los macutos y nos fuimos a comer a casa de Francisco y Sheriff un arroz con pescado riquísimo. Después de una larga sobremesa sentados en la arena de la playa, nos movilizamos para buscar un bote que nos acercara con todo el equipaje hasta el velero de Alex. Fue una tarea complicada, tuvimos que hacer equilibrios para conseguir embarcar todos: René, Ivana, Lucía, Panto, Neus, Abraham y yo, más todos los macutos, una docena de huevos, dos garrafas de gasolina y 18 litros de agua, en un bote que media apenas 2 metros de largo y 1 metro de ancho. Como no conseguíamos remar con la suficiente fuerza, nos tuvo que ayudar Saliff, un joven de la isla con la fuerza de un toro, que se lanzó al agua para empujar la barca hasta llegar al velero. Al otro lado de la orilla quedaron agitando sus manos para despedirnos Francisco, Sheriff, Adela y Buba, el pobre niño lloraba sin parar por nuestra partida.
Una vez todos en el velero, comenzamos a ordenar los equipajes dentro del pequeñísimo camarote, como si jugáramos a un tetris. A pesar de las estrecheces y la falta de movimiento conseguimos acomodarnos rápido y zarpar, a eso de las 17:00h.
El velero se llamaba “Genia” era pequeño, pero disponía de un modesto camarote donde dormía Alex y una salita con un par de camas individuales y una cama doble, un fogón de gas y un diminuto baño. Con tanta gente en el interior, el lugar se hacía claustrofóbico y era un autentico horno, por eso prefería permanecer en cubierta aunque el Sol me quemara la piel.
El paisaje era realmente espectacular, a medida que nos adentrábamos en aquel enorme rio parecían pequeños islotes de selva y manglares dispersos en el agua. El Cassamance es el rio más grande que he visto en toda mi vida, pues había momentos en los que se hacía muy difícil avistar ambas orillas. Tuvimos que navegar sin las velas izadas, pues había demasiada corriente y era arriesgado ya que el barco podía encallar y después resultaba muy complicado moverle, por esta razón debíamos llevar reserva de gasolina y navegar a motor.
Cuando comenzaba a anochecer el capitán del “Genia” cambió el rumbo para meterse por el interior de un bolón, un entrante de agua entre dos enormes manglares. Al intentar adentrarse la quilla del velero tocó fondo y se encalló en la arena, Alex tuvo que estar maniobrando media hora para conseguir salir de allí y todos los demás debíamos seguir sus indicaciones para repartir el peso y facilitar el proceso, el cuál no duró mucho tiempo. Según nos adentrábamos, la selva se hacía más espesa y se escuchaban sonidos de animales a un lado y a otro. Todos íbamos sentados en la cubierta, pendientes de cualquier chapoteo en el agua. Como en la tripulación llevábamos dos biólogos el viaje se hizo aún más interesante.
El atardecer en aquel barco fue increíble, el Sol rojo se escondía a lo lejos detrás de baobabs y palmeras, dejando una silueta morada en el horizonte. Llegó la noche y tuvimos que echar el ancla. El barco se mecía suavemente como una hamaca y en medio de aquella completa oscuridad y tanta selva virgen, comencé a sentirme muy perdida y algo insegura. Conciliar el sueño iba a ser tarea difícil. Miraba a un lado y a otro y todo lo que abarcaban mis ojos era absoluta negrura pero si miraba hacia arriba contemplaba un mar de estrellas. Cuando el barco se mecía y se formaban pequeñas olas, en el agua resplandecían diminutos puntitos de colores fluorescentes que parecían purpurina formados por el plancton suspendidos en el agua.
Alex, comenzó a contar historias que cada vez apretaban más fuerte el nudo que se había formado en mi garganta. Nos avisaba de que el ancla podía soltarse y el barco podía andar a la deriva durante toda la noche, de manera que nos desviaría la ruta y andaríamos perdidos. Aunque nos tranquilizaba diciéndonos que no podría llegar muy lejos, mi imaginación echaba a volar y veía en mitad de la nada, deslocalizada pues la radio en aquel lugar por supuesto no tenía señal.
No sólo me preocupaba viajar a la deriva durante toda la noche, si no también los animales acuáticos que se ocultaban en aquellas aguas. Sabíamos que había tiburones martillo, pues ya nos habíamos encontrado uno muerto en la orilla de Carabanne. Alex además nos había hablado de que en aquellas aguas también habitaban tiburones tigre, manatíes que se ocultaban entre las raíces de los manglares e incluso cocodrilos y pitones que podían salir de la selva y sumergirse en el agua. De hecho Alex en su travesía conoció a un francés que navegaba por aquellas costas que tuvo una mala experiencia con una serpiente que se le subió al velero y a la que tuvo que echar a palazos.
Con todas estas historias, fue realmente difícil dormir, aparte del apretado espacio y el calor húmedo que nos empava como si nos estuvieran tirando cubos de agua por todo el cuerpo. Cuando trataba de conciliar el sueño la cadena que amarraba el barco hacía un ruido terrible y de vez en cuando el velero se zarandeaba más de la cuenta. Nuestro capitán, nos intentaba calmar diciendo que eran pequeños peces que jugueteaban alrededor del ancla, pero a mí aquello me parecía un enorme bicho que prefería no imaginar.
| Atardecer en el Genia |
Después de una noche a duermevela, los primeros rayos de Sol penetraron en mi cuerpo llenándome de tranquilidad. Salí a cubierta y al ver que el barco no se había desamarrado y aquel espectacular amanecer me carguó de energía positiva. Alex se había despertado muy activo y estaba preparándonos el desayuno, crepes con chocolate y té, un manjar para todos esos estómagos que ya llevábamos mucho tiempo en África. Tras el desayuno, zarpamos para Zinguinchor.
A mitad de viaje el barco volvió a encallara en un enorme banco de arena, asique tuvimos que realizar el mismo proceso, cuando Alex decía a popa, pues a popa corríamos todos, luego a proa, babor y a estribor, pero por muchos esfuerzos que hacíamos el velero no salía, pues esta vez la quilla parecía estar muy enterrada. La única solución era tirarnos todos al agua para reducir el peso. Tras dudar un poco, pues chapotear en aquellas aguas para nadie se hacia un plato de buen gusto, uno tras otro fuimos tirándonos al rio Cassamance. Nos enganchamos en el cayac porque el agua tenía mucha corriente y nos arrastraba.
No sé cuanto duró el proceso, pero a mí se me hizo eterno. Después del remojón y una vez el velero fuera del banco continuamos la travesía con tranquilidad, acompañados de unos cuantos delfines que de vez en cuando se acercaban para juguetear. Así llegamos a Zinguinchor, donde nos despedimos de Alex, Neus y Abraham, pues a nosotros aún nos quedaban unas tres horitas de viaje hasta llegar a casa.
Cogimos como de costumbre un transporte que nos prometió dejarnos en Bissorã pero cuando llegamos a Bula a 1h de nuestra ciudad, el coche paró y no quiso continuar, nosotros nos negábamos a salir pues ese no había sido el trato y a esas horas nos iba a costar mucho encontrar transporte hasta Bissorã. Al final vimos una candonga y nos subimos a ella, se había hecho de noche esperando a que la furgoneta se llenara de pasajeros. A mitad de camino las luces de la camioneta se apagaron, no se veía absolutamente nada, pero el coche continuaba andando a toda velocidad. Comenzamos a gritar pues aquello era realmente peligroso. Los caminos están llenos de personas y animales que van de un lado a otro, además de que nosotros éramos un punto negro en la carretera y cualquier coche nos hubiera podido llevar por delante. Gritábamos para para!! Pero el coche continuo andando en la completa oscuridad unos cuantos metros, hasta que paró y en pocos minutos arregló la avería. Fue un gran susto pero llegamos a Bissorã sanos y salvos después de un increíble viaje por el sur de Senegal.
PAU
domingo, 19 de junio de 2011
Ruta por Cassamance (2ªparte)
Al pisar la arena de Carabanne me sentí en un autentico paraíso. Es una isla con una superficie considerablemente grande y una población insignificante para sus dimensiones, pues apenas dispondrá de unas 50 casas, una mezquita y un par de tiendecitas y todo el resto se encuentra recubierto por selva virgen y bonitas playas rodeadas de palmeras cocoteras que parecen agacharse para beber del agua salada del mar.
Nada más llegar nos salieron a recibirnos algunos habitantes, una mujer nos había preparado comida, pues el chico del bar de Elinkin la informó de que íbamos a llegar a la isla. Después de comer decidimos dar un paseo para buscar un lugar donde dormir. Durante el trayecto nos acompaño Buba un niño de unos 4 añitos que se enganchó a mi mano y no se separó hasta que encontramos el sitio donde íbamos a pasar nuestros días de vacaciones. Después de visitar unos cuantos hostales, decidimos quedarnos en un campamento llamado Badji Cunda, el más acogedor de todos, pues eran cabañitas con techo de paja a la orilla del mar, y también el más barato. Los dueños de aquel lugar eran una pareja de hippies franceses ya cincuquentones que durante los 6 meses de seco vivían en la isla y durante la época de lluvias volvían a Francia. Eran una pareja bastante curiosa, el hombre era un músico loco y la mujer parecía vivir en una especie de limbo. Todas las noches se armaban buenas juergas en el campamento. Comenzaban con las cervezas y luego se pasaba al pastis (anís), hasta el momento en el que la cuenta era imposible de llevar porque el dueño estaba tan borracho que no conseguía apuntar en la lista lo que tomábamos. Además de los jefes del Badji Cunda y nosotros, se unían a la fiesta el resto de hospedes que se alojaban en el campamento, que no eran muchos. Una pareja de italianos de unos cuarenta años, que por las noches no se movían de la barra del bar y por el día no se despegaban de la toalla tendida en la arena de la playa y una mujer francesa con su hija y su pareja. La mujer era una hippie también de unos cincuenta y tantos que se unía siempre a la fiesta acompañada de su instrumento, una melódica con la que se arrancaba siempre acompañada de alguien que tocaba el djembe o la guitarra. Su hija no debía de pasar los 12 años, no se despegaba de su gatito y parecía estar algo aburrida de aquellas vacaciones y harta de las excentridades de su mamá, aunque a nosotros nos parecieran muy divertidas. La pareja de esta señora era un viejo rasta nativo. Era un hombre parco en palabras, grandote y cojo. Sus rastas ya tenían un color grisáceo y siempre las llevaba cubiertas con un enorme gorro de paja, también tenía una frondosa barba que le cubría la cara y le ensombrecía el rostro a la vez de darle un toque entrañable. Siempre estaba sentado como a la sombra y margen de todo, no participaba en los diálogos, pero se expresaba con su guitarra vieja y desafinada.
La verdad que formábamos una mezcla peculiar de gente de varias procedencias y edades. Desde la primera noche se formó un clima muy agradable y en cierto modo los comencé a sentir como una pequeña familia. Cada quien con su locura, conectamos perfectamente y aunque no podía expresarme mucho verbalmente por el tema del francés, tampoco hizo mucha falta para que todo fluyera entre la música y el pastis. Además de los que vivíamos en el Badji Cunda, por las noches se acercaban algunos isleños, que no eran muchos pues Carabanne tiene una población bastante reducida (500 habitantes).
A parte de la peculiar fauna del campamento, conocimos a Alejandro y Francisco. Una tarde mientras Panto y yo explorábamos la isla escuchamos una voz que gritó: ¡Españoles!, giramos la cabeza y nos encontramos con dos chavales, uno de ellos melenas y barbudo y con un marcado acento andaluz y el otro alto delgado y rubio con aspecto y acento francés. Aunque resultó ser portugués de 28 años que llevaba más de nueve meses viviendo en Carabane.
Francisco es antropólogo y está realizando un estudio sobre la influencia de la presencia blanca en las antiguas colonias europeas del continente africano. Vive en la casa de un nativo llamado Sheriff, un hombre tranquilo, de unos 40 años y movimientos pausados, que vive de la pesca con su pequeña canoa de madera. Aquella casa de paja, levantada en mitad de la arena y decorada con pieles de cabra tintadas, me recordaba al escondite de un viejo pirata. En realidad aquella isla perdida en la desembocadura del rio Cassamance podría ser el escenario perfecto para rodar la Isla del Tesoro. A medida que descubríamos a Francisco nos sorprendíamos más. Habla español, inglés, francés, alemán, italiano, algo de wolof y djola (lenguas de Senegal) e incluso criolo. Francisco había viajado desde Lisboa hasta Guinea-Bissau en autostop con la sola compañía de su mochila, no le bastaba con una vez, este viaje lo ha recorrido 3 veces. De hecho el fue el “culpable” de que el gusanillo que teníamos de volvernos en coche hasta España haya crecido y nos hayamos decidido a embarcarnos en esta nueva aventura. Llegar hasta Marruecos en transporte público cruzando Senegal, Mauritania y Sáhara Occidental. De hecho el nos acompañará en la vuelta hasta España.
Sobre Alejandro podría contar mucho, creo que tiene tantas historias como para escribir un libro. Nos dejó a todos con la boca abierta cuando nos habló de su aventura: había llegado a la isla en su pequeño velero, pasando 12 días en alta mar, desafiando los peligros del océano totalmente sólo. El velero no media más de ocho metros, era de segunda mano, el piloto automático se le había averiado por el camino y además no disponía de ninguna formación, ni titulo de navegación.
Alejandro partió del puerto de Málaga con la intención de llegar a Brasil, sus amigos bromeaban diciéndole que no llegaría ni a las Canarias. Cuando atracó en las islas, otros marineros le convencieron para cambiar el rumbo destino a Senegal, pues el barco no reunía las mínimas condiciones para la hazaña de cruzar el atlántico. Su arrojo, pasión por la vela y la confianza en si mismo le habían ayudado a llegar hasta la costa del África Occidental. Nos comentaba que había sufrido momentos difícil, sobretodo cruzando el estrecho. Es un punto muy complicado donde el mar es muy bravo, debido a que es un lugar donde se juntan diferentes corrientes. Había tenido que huir de la policía, pues le podrían haber multado, por no disponer de titulo y tener la licencia caducada, además de llevar un cargamento de ropa que iba repartiendo por diferentes aldeas aisladas en diferentes islas senegalesas. Tampoco podía acercarse demasiado a las pateras, algo que le resultaba realmente duro, pues comentaba que la gente se encontraba en tan inhumanas condiciones que eran capaces de todo y podían asaltarle, aunque desde el barco les tiraba bidones de agua para ayudarles, pues probablemente llevaran más de 10 días sin beber una gota. Pasamos la noche escuchando anécdotas y nos revolvió las ganas de montarnos en su velero, aunque fuera apenas para ir a conocer otra pequeña isla vecina.
Alejandro viajaba casi sin dinero y había llegado hasta Senegal haciendo trueques con otros marineros, cambiaba ropa, herramientas y aquellas cosas de las que podía prescindir para obtener gasolina, comida, agua…. Nos comentó que andaba algo apretado de pelas, para la vuelta y nos propuso un viaje en su velero con desayuno, comida, cena y cama para pasar la noche, por menos de lo que pagábamos en el Badji Cunda. A todos nos pareció una idea genial, pues todos ganábamos.
Al día siguiente llegaban a Carabanne Neus, una amiga de alicante y Abraham, su compañero de viaje. Ambos biólogos habían pasado un mes en Senegal, en un parque natural con una beca estudiando los chimpancés, y el impacto del turismo en el parque. Junto con Neus y Abraham llegó otra española llamada Adela. Esta chica estaba viajando sola por Senegal, iba de una ciudad a otra con intención de asentarse por un tiempo en algún poblado para aprender danza africana. Al final en aquella isla perdida en el Atlántico, nos juntamos un grupo muy diverso de españoles y un portugués compartiendo unos días de vacaciones.
PAU
viernes, 17 de junio de 2011
Ruta por Cassamance (1ª Parte)
Salimos de Bissorã un viernes, día de Lumo (mercado grande en la ciudad). Toda la gente está en la calle y han venido mujeres, hombres y animales de varios lugares del país. Nos dirigimos ha “Paragem” con la intención de coger un coche que nos deje en Bula, punto de partida. No tenemos planeado nada y no sabemos muy bien cual será nuestro destino, todo depende de lo rápido que encontremos coches para llegar hasta Zinguintchor, capital de Cassamance (Senegal). Tenemos suerte, un coche de ADPP (la ONG con la que trabajamos) se ofrece a llevarnos en la parte de atrás del 4x4 hasta Bula, una vez allí cogemos una Candonga (furgoneta grande para unas 20 personas) que nos lleva hasta Sao Domingos, ciudad guineana que hace frontera con Senegal. Allí cambiamos de coche para llegar a Zinguinthor. Cruzamos el punto fronterizo y unos cuantos controles militares. En uno de ellos nos paran para registrarnos los macutos y pasamos un momento de risas al ver que uno de los militares confunde un bote de Albahaca con un frasco de Marihuana, fue divertido explicarle lo que era.
En la capital de la región buscamos otro coche que llegue a Cap Skirring, una ciudad costera al Sur del país, primer punto de parada para pasar algunos días. El camino, es espectacular, la naturaleza es increíble pero se encuentra plagada de militares camuflados, algo que estropea un poco el paisaje. Nada más llegar a la ciudad y bajar de la Candonga, unos cuantos rastafaris se disponen a ayudarnos a buscar un lugar donde pasar la noche. No nos hizo falta caminar mucho para percatarnos de que aquel lugar era destino de veraneo de muchos turistas franceses, pues la ciudad estaba totalmente acondicionada para los guiris, restaurantes, mercados de artesanía africana y grandes hoteles, algo imposible de ver en Guinea. Decidimos quedarnos en unas cabañas a pie de la playa, alejadas del barullo urbano, a un precio realmente barato para lo increíble de las instalaciones. Nos acomodamos y nos preparamos para hacer una cena española, pues teníamos un surtido de embutidos que Lucia había traído la semana pasada de España. Nos dimos un gran homenaje con morcilla burgalesa y jamoncito, algo que no habíamos catado desde hace 5 meses y que realmente echábamos de menos. Invitamos a los dueños del hotel, pero sólo Paco, un guineano, pudo probar la comida, pues los demás eran musulmanes y se perdieron el festín. Después de la cena fuimos caminando hasta la ciudad para ir a un concierto de música tradicional Djola y Mandinka (etnias del Sur de Senegal y Guinea). Allí nos encontramos con los rastas que nos habían acompañado a buscar alojamiento. Al principio nos parecieron muy majos, pero al final acabamos algo cansados, pues aparecían en cualquier lugar donde nosotros estábamos y fue difícil quitárnoslos de encima, pues eran autenticas lapas.
Al día siguiente bajamos a la playa, cuando estábamos tumbados comenzamos a escuchar algunas voces que nos eran bastante familiares, giramos la cabeza y nos encontramos a Pura y Antonio dos amigos extremeños que conocimos en Guinea y trabajaban como nosotros de voluntarios, casualidades de la vida estaban durmiendo en las cabañas vecinas. Panto, Luci y yo decidimos ir caminando por la orilla hasta un cabo que sobresalía, por el camino un senegalés se ofreció a acompañarnos hasta un pueblo de pescadores a unos 3km de donde nos encontrábamos. Al llegar vimos un ajetreo de pescadores que llegaban con sus canoas de madera, pintadas con alegres colores a la orilla del mar. Las embarcaciones sólo conseguían salir del agua empujadas por docenas de hombres. Estos pequeños botes iban cargados de pescado y marisco de todas clases. Había ostras, gambas, cangrejos, tiburones, peces martillo…
El pescado se limpiaba en el momento de llegar y luego era vendido a las mujeres, que más tarde se encargaban de distribuirlo por los diferentes mercados callejeros. La arena de aquel lugar quedaba llena de montones de tripas de pescado y desperdicios, por los que las gaviotas se peleaban. A lo lejos de aquel tumulto de personas, pescado y barcas se alzaba una enorme montaña formada por caracolas. Era un gran cementerio de conchas que disponía de una escalerita de madera para subir hasta la cima, donde llegamos con cuidado escogiendo las mejores caracolas para quedarnos de recuerdo. Después del largo paseo hasta las cabañas, llegamos completamente quemados y cansados, una ducha, unas cervezas, algo para comer y a la cama, pues al día siguiente queríamos partir a conocer otro lugar que aún no teníamos muy claro: Djemberen o Carabanne.
Despertamos a las 10 de la mañana, hora que en Bissorã es impensable pues ya se encarga la mezquita, los animales y los niños de que seamos bastante más madrugadores. Después de un bañito en la playa, nos preparamos los macutos para partir finalmente a Carabanne, una pequeña isla situada al norte de Cap Skirring, en la desembocadura del gran rio Cassamance en el océano atlántico. Para ello debemos dirigirnos primero a Elinkinne, lugar donde se cogen los botes que llevan a las diferentes islas. Gambia un rasta que trabajaba vendiendo artesanía en la playa nos ayudó a encontrar transporte y en menos de 30 minutos un coche nos estaba esperando en la puerta. El viaje pasó rápido y ameno, pues no íbamos apretujados como el resto de las veces y en la radio sonaba Bob Marley, mirar por las ventanas era espectacular y relajante, a derecha e izquierda se levantaban enormes palmerales. Diferentes tipos de palmeras se mezclaban formando un bonito bosque tropical. De vez en cuando cruzábamos algún pequeño rio bordado por manglares que clavaban y enroscaban sus raíces en el agua. A veces la vegetación desaparecía por completo y la tierra se quedaba desnuda de un color anaranjado con apenas algunos matorrales secos que se difuminaban con el horizonte.
Al llegar a Elinkinne nos recibieron unos cuántos chicos que se encargaban de transportar viajeros en sus pequeñas embarcaciones de colores. Aún faltaban un par de horas para que el cayuco partiera a Carabanne, decidimos comprar la seña y esperar en el único bar del pueblo. A las tres horas nos vinieron a buscar los chavales pues la barquita estaba lista para partir. Era una patera de madera que disponía de un pequeño motor, nos dieron uno chalecos salvavidas de un naranja pálido y roídos por la fuerza del Sol. En el momento de subir, crucé los dedos porque aquella patera no me inspiraba ni la más mínima confianza. Una vez que arrancó y comenzó a navegar la barquita entre los manglares, me sentí más tranquila, pues el mar no estaba picado y era como una enorme balsa de agua. A un lado y a otro se veía tierra cosa que me daba bastante tranquilidad. El gusanillo del principio desapareció e incluso me atreví a dirigir la barca. Es bastante sencillo, no hay más que llevar la palanca a la inversa de donde quieres desplazar el bote. Durante unos 20 minutos estuve dirigiendo el cayuco, pero enseguida me agobié cuando vi que unas cuantas olas rebeldes azotaron la barca y mojaron el interior. Preferí dejar el timo a su dueño y volver a mi lugar, también Lucí probó a ser timonera. El viaje duró apenas 40 minutos. Y a unos 45 metros de llegar a la oriya la paterita se paró y los dos dirigentes se tiraron al agua. Me quedé bastante desconcertada, no sabía lo que estaba pasando. De repente toda la gente que se encontraba en el cayuco comenzó a lanzarse al agua. La isla quedaba lejos pero el agua no sobrepasaba la cintura. Me pregunté ¿y ahora, como voy a llevar el macuto y la cámara de fotos sin que se me mojen? No pude pensar mucho, uno de los chicos me cogió en brazos, pensé que sólo me ayudaría a bajar, pero se colocó el macuto en los hombros y a mí me cogió a la sillita de la reina para llevarme hasta la misma orilla, el otro chaval hizo lo mismo con Lucia. Y al resto de la gente les tocó mojarse el culo. Yo me moría de la vergüenza pues no entendía porque debía tener aquel privilegio en vez de llegar andando por el mar como todo el demás. Pataleé y le suplique que me bajará, la situación era incomoda y cómica al mismo tiempo, al final le convencí y me dejó en el agua solo necesitaba que me ayudará con el equipaje. De esta forma llegamos a la isla.
PAU
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