jueves, 27 de octubre de 2011

Espejo calaberas mexicanas



Espejo pintado a mano con pintura acrílica.

PAULA MUÑOZ ANTÓN

jueves, 20 de octubre de 2011

Mujeres mauritanas.


Mujeres mauritanas sentadas en la puerta de un mercado. (acuarelas y rotus)
Mujer mauritana en el puerto de Nouadhibou (acuarelas y rotus)


PAULA MUÑOZ ANTÓN

lunes, 26 de septiembre de 2011

RUTA TRANSAHARIANA (mapa del recorrido)

El continente olvidado por excelencia, la cuna del hombre.
Cuando pisas su tierra queda impregnada en tí y va contigo allá dónde tu vayas. Su textura puede ser suave como la seda o bruñida y trabajada como las manos de sus hombres y mujeres.
África es espeluznantemente bella ,capaz de lo mejor y lo peor. Es capaz de evocar tristeza y alegría al mismo tiempo, arrancarte una carcajada y desplomarte en un sollozo. A veces dormida y desconsolada otras eternamente viva.
Su ritmo a veces te arrastra y atropella ,otras te mece lentamente y acuna el estress característico de occidente en un sopor pausado y profundo.
Sentirla y vivirla te llena de energía a la vez que te inmoviliza.
Su aroma natural a tierra, a hoja a fruta puede embriagarte, pero esa naturalidad sin falsos perfumes sintéticos también puede llegar afixiarte.
Sus gentes duras, aparentemente impenetrables te abrazan y acogen sin esperar nada a cambio.Los niños inocentes y puros te dan lecciones de vida.
África la madre naturaleza, la tierra saqueada.
Lugar de culturas ancestrales, la gran desconocida. Sus ritmos y danzas te hipnotizan. A veces vibrante y sonora otras tan callada y silenciosa.
África la tierrra de las contradiciones no deja a nadie indiferente...

LA RUTA

Ahora que tengo tiempo , puedo dedicarme a escribir sobre mi viaje de vuelta de Guinea Bissau.
Aquí he dibujado un mapa donde estan indicados los puntos donde párabamos.
Las lunas son las noches que pásabamos en cada lugar, muchas de ellas están por el camino ya que viajábamos por la noche para ahorrarnos el pagar un hostal , intentar no enterarnos de los largos caminos y pasar menos calor por el sofocante desierto del Sahara.

1ª Etapa: Bissora-Bula-Zinguinchor-Dakar.
*Tres noches en Dakar.
2ªEtapa: Dakar-Sant Louis-Rosso.
*Una noche en Rosso
3ªEtapa: Rosso-Nouakchott.
*Tres noches en Nouakchott
4ªEtapa: Nouakchott- Nouadhibou
*Una noche en Nouadhibou
5ªEtapa: Nouadhibou-Dakhla
*Una noche en Dakhla
6ªEtapa: Dakhla-El Aáiun)
*Una noche de transporte.
7ª Etapa: El Aáiun-Essauira.
*Una noche de transporte + dos noches en Essauira
8ªEtapa: Essauira-Marrakech
*Tres noches en Marrakech
9ªEtapa: Marrakech-Fes.
*Una noche de transporte + dos noches en Fes.
10ª Etapa: Fes-Chefchaouen.
*Una noche en Chefchaouen.
11ªEtapa: Chefchaouen-Tetuan-Ceuta-Algeciras.
*Una noche en Algeciras.
12ªEtapa: Algeciras-Cadiz.
*Dos noches en Cadiz.
13ªEtapa: Cadiz-Madrid............



PAU













lunes, 12 de septiembre de 2011

Camisetitas pintadas a mano.

Niña en el trapecio. 15 euros (vendida)
Detalle de la calavera

Imperdibles y calavera 12 euros (vendida)
Phebels 12 euros (vendida)

-Pau-

sábado, 3 de septiembre de 2011

Siete atardeceres y un amanecer en África

Playa de Bambú (Gambia)
Playa de Bambú (Gambia)
Playa Bambú (Gambia)
Amanecer en el rio Cassamance (Sénegal)
Región de Cassamance (Sénegal)

Rio Cassamance (Sénegal)

Región de Cassamance (Sénegal)

PAULA MUÑOZ ANTÓN

martes, 23 de agosto de 2011

POR FATU.

En África, dijo alguien, los muertos son negros y las armas son blancas. Así empezaba un artículo de Saramago que publiqué en este blog antes de partir hacia Guinea-Bissau. Ahora que he vuelto y llevo un mes y medio en España, tristemente debo recuperar esta afirmación para hablar de lo siguiente.
Todos somos conscientes de que nuestra estancia en el mundo es efímera y vivimos con la seguridad de que algún día moriremos.  Pero en nuestra cotidianidad ella no está presente, pues no es una compañera agradable y es natural que nos desprendamos de ese vaho frio que desgaja solo el hecho de pensar en el fin de este milagro, que es la vida.
Pero en África las cosas cambian, la muerte está siempre ahí, acechando a hombres, mujeres, adultos, jóvenes y niños y ella siempre se lleva a los más débiles. Parece una estampa terrible, pero quizás esa relación tan cercana con la muerte es lo que hace que ellos vivan su presente sin agobios del futuro, ni opresiones del pasado.
Cuando un niño nace en Guinea-Bissau, los padres no sueñan con que su hijo sea periodista, médico, ingeniero… Cuando un niño nace en Guinea, nadie proyecta su futuro, pues es incierto.  Los padres luchan por sacarle adelante,  luchan por la supervivencia, por el plato de arroz diario, porque ese bebe se haga fuerte y sea una persona más que colabore en el sustento de la economía familiar. Pero esta lucha no es fácil, pues continuos enemigos amenazan la fragilidad de una criatura tan débil.
Estos enemigos se llaman: diarrea, neumonía, paludismo, sarampión, desnutrición, falta de saneamiento básico, falta de acceso a agua potable…. Enemigos fáciles de combatir, si el hombre le plantara cara al egoísmo, a la comodidad y a esa terrible venda que muchos aún insisten en llevar sobre sus ojos, su mente y su corazón.
No sólo es que a la mitad del mundo no le importen los muertos africanos, si no que tristemente, interesa mantener este horror para que los gobiernos de los países ricos, las grandes empresas y en especial las farmacéuticas se sigan llenando los bolsillos de dinero y las manos de sangre. Pues estas muertes en el fondo son asesinatos, ya que estas víctimas también tienen sus verdugos.
Alrededor de 29.000 niños y niñas menores de cinco años mueren por minuto por causas evitables.
El hambre no es un desastre natural como nos quieren hacer creer, pues existen recursos suficientes en la tierra para alimentar a 8.000 millones de personas y en el planeta tierra habitamos unos 6.000 millones. Así permitimos que Somalia muera, que en cada familia diariamente ocurra el drama de una pérdida y que se esté produciendo un éxodo masivo.
 Hoy es Somalia, mañana será Zimbabue, pasado Etiopia…. Pero todos los días es ÁFRICA.
Tristemente puedo ponerle cara y nombre a una de estas víctimas. Hoy para mí deja de ser una cifra alarmante de muertes para convertirse en una pérdida real, ella es Fatumata.
Fatu es la niña regordeta de dos añitos, de la que os hablaba en mis mails cuando vivía en Guinea. Un terremoto de energía que se movía por nuestra casa a todas horas y nos mantenía una sonrisa dibujada en la cara. La más pequeña de una familia muy  especial que pasó a ser nuestra familia africana.


ñha filha


 Nunca olvidaré el primer día que la vi, entro en casa sigilosa, por la puerta de atrás, que siempre andaba abierta y se plantó en el salón. Estaba llena de mocos, su tripa era enorme (algo común en muchos niños de Guinea) y llevaba un vestido naranja muy alegre que resaltaba en su piel marrón. Nos miramos, yo sonreí, ella permaneció impasible. Me pareció una niña triste, pero  desde el primer momento me transmitió una ternura especial. Partí unas naranjas y las aplasté para que pudiera beber el zumo, se relamió y enseguida comenzó a sonreír, no sé cuánto tiempo estuve con ella hasta que apareció Cadi, su madre, pero recuerdo que se estableció algo especial, la cogí cariño enseguida. Al cabo de unos días las visitas de Fatu se hicieron usuales, siempre venía acompañada de Augusta y Domingas, sus hermanastras, a las cuales también quiero y recuerdo todos los días.  Fatu correteaba por la casa, se revolcaba por los pasillos, se subía a los colchones, jugaba a matar hormigas, gritaba y balbuceaba ese extraño idioma que tienen los niños y en unos meses se convirtió en la reina de la casa. Tan grande era el afecto mutuo que Domingas comenzó a llamarme “mame di Fatu”  y al final la propia niña comenzó a llamarme mamá.
Un día nos sorprendieron con la triste noticia de que Fatu se marchaba a Barro, otra ciudad. Pues Cadi no podía hacerse cargo de ella y en casa de su hermana la necesitaban, esperarían a que creciera un poco y  pronto Fatu podría trabajar junto a su tía lavando platos.
Allí estaba ella, en la puerta de casa con su mochilita y un gorro protegiéndola del Sol, sin saber muy bien lo que pasaba ni a donde iba, al lado Cadi su madre destrozada por el dolor de la separación. Acompañamos a Fatu y a su abuela a la plaza de Bissorã, recuerdo que era viernes, día de Lumo (mercadillo) y aprovechamos para comprar un vestidito a Fatu. Montaron en un camión y se marcharon, se me formó un nudo en la garganta y al volver a casa sólo sentí un inmenso vacío. La próxima vez que Fatu la niñita de dos años, visitará Bissorã lo haría convertida en una mujer.
Ayer 22 de Agosto del 2011, llamé a Jahir un amigo guineano, la noticia me descolocó y retumbó en mi cabeza. Fatu la hija de Cadi había muerto esa misma mañana. No lo podía creer. ¿Qué había pasado? Tenía fiebre. Fatu nunca habría muerto de esa manera, ni a esa edad en el mundo rico. Y así cuántos niños como ella mueren en el continente olvidado por cada abrir y cerrar de ojos.

“Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos.”




PAU

jueves, 7 de julio de 2011

Ruta por Cassamance (3ºParte)

A la mañana siguiente nos despertamos dispuestos a emprender una nueva travesía, esta vez en velero. Finalmente decidimos navegar desde Carabanne hasta Zinguinchor (algo que nos llevaría un par de días). Una vez allí volveríamos a Guinea, Abraham y Neus cogerían un ferri para Dakar y Alex se quedaría esperando en Zinguinchor algunos días a Francisco y Adela.

Fue René quien decidió lanzarse al agua y nadar hasta el velero que estaba anclado a unos 30 metros de la orilla para avisar al pirata que dormía en él, de que estábamos dispuestos a partir.

Recogimos los macutos y nos fuimos a comer a casa de Francisco y Sheriff un arroz con pescado riquísimo. Después de una larga sobremesa sentados en la arena de la playa, nos movilizamos para buscar un bote que nos acercara con todo el equipaje hasta el velero de Alex. Fue una tarea complicada, tuvimos que hacer equilibrios para conseguir embarcar todos: René, Ivana, Lucía, Panto, Neus, Abraham y yo, más todos los macutos, una docena de huevos, dos garrafas de gasolina y 18 litros de agua, en un bote que media apenas 2 metros de largo y 1 metro de ancho. Como no conseguíamos remar con la suficiente fuerza, nos tuvo que ayudar Saliff, un joven de la isla con la fuerza de un toro, que se lanzó al agua para empujar la barca hasta llegar al velero. Al otro lado de la orilla quedaron agitando sus manos para despedirnos Francisco, Sheriff, Adela y Buba, el pobre niño lloraba sin parar por nuestra partida.

Una vez todos en el velero, comenzamos a ordenar los equipajes dentro del pequeñísimo camarote, como si jugáramos a un tetris. A pesar de las estrecheces y la falta de movimiento conseguimos acomodarnos rápido y zarpar, a eso de las 17:00h.

El velero se llamaba “Genia” era pequeño, pero disponía de un modesto camarote donde dormía Alex y una salita con un par de camas individuales y una cama doble, un fogón de gas y un diminuto baño. Con tanta gente en el interior, el lugar se hacía claustrofóbico y era un autentico horno, por eso prefería permanecer en cubierta aunque el Sol me quemara la piel.

El paisaje era realmente espectacular, a medida que nos adentrábamos en aquel enorme rio parecían pequeños islotes de selva y manglares dispersos en el agua. El Cassamance es el rio más grande que he visto en toda mi vida, pues había momentos en los que se hacía muy difícil avistar ambas orillas. Tuvimos que navegar sin las velas izadas, pues había demasiada corriente y era arriesgado ya que el barco podía encallar y después resultaba muy complicado moverle, por esta razón debíamos llevar reserva de gasolina y navegar a motor.

Cuando comenzaba a anochecer el capitán del “Genia” cambió el rumbo para meterse por el interior de un bolón, un entrante de agua entre dos enormes manglares. Al intentar adentrarse la quilla del velero tocó fondo y se encalló en la arena, Alex tuvo que estar maniobrando media hora para conseguir salir de allí y todos los demás debíamos seguir sus indicaciones para repartir el peso y facilitar el proceso, el cuál no duró mucho tiempo. Según nos adentrábamos, la selva se hacía más espesa y se escuchaban sonidos de animales a un lado y a otro. Todos íbamos sentados en la cubierta, pendientes de cualquier chapoteo en el agua. Como en la tripulación llevábamos dos biólogos el viaje se hizo aún más interesante.

El atardecer en aquel barco fue increíble, el Sol rojo se escondía a lo lejos detrás de baobabs y palmeras, dejando una silueta morada en el horizonte. Llegó la noche y tuvimos que echar el ancla. El barco se mecía suavemente como una hamaca y en medio de aquella completa oscuridad y tanta selva virgen, comencé a sentirme muy perdida y algo insegura. Conciliar el sueño iba a ser tarea difícil. Miraba a un lado y a otro y todo lo que abarcaban mis ojos era absoluta negrura pero si miraba hacia arriba contemplaba un mar de estrellas. Cuando el barco se mecía y se formaban pequeñas olas, en el agua resplandecían diminutos puntitos de colores fluorescentes que parecían purpurina formados por el plancton suspendidos en el agua.

Alex, comenzó a contar historias que cada vez apretaban más fuerte el nudo que se había formado en mi garganta. Nos avisaba de que el ancla podía soltarse y el barco podía andar a la deriva durante toda la noche, de manera que nos desviaría la ruta y andaríamos perdidos. Aunque nos tranquilizaba diciéndonos que no podría llegar muy lejos, mi imaginación echaba a volar y veía en mitad de la nada, deslocalizada pues la radio en aquel lugar por supuesto no tenía señal.

No sólo me preocupaba viajar a la deriva durante toda la noche, si no también los animales acuáticos que se ocultaban en aquellas aguas. Sabíamos que había tiburones martillo, pues ya nos habíamos encontrado uno muerto en la orilla de Carabanne. Alex además nos había hablado de que en aquellas aguas también habitaban tiburones tigre, manatíes que se ocultaban entre las raíces de los manglares e incluso cocodrilos y pitones que podían salir de la selva y sumergirse en el agua. De hecho Alex en su travesía conoció a un francés que navegaba por aquellas costas que tuvo una mala experiencia con una serpiente que se le subió al velero y a la que tuvo que echar a palazos.

Con todas estas historias, fue realmente difícil dormir, aparte del apretado espacio y el calor húmedo que nos empava como si nos estuvieran tirando cubos de agua por todo el cuerpo. Cuando trataba de conciliar el sueño la cadena que amarraba el barco hacía un ruido terrible y de vez en cuando el velero se zarandeaba más de la cuenta. Nuestro capitán, nos intentaba calmar diciendo que eran pequeños peces que jugueteaban alrededor del ancla, pero a mí aquello me parecía un enorme bicho que prefería no imaginar.


Atardecer en el Genia

Después de una noche a duermevela, los primeros rayos de Sol penetraron en mi cuerpo llenándome de tranquilidad. Salí a cubierta y al ver que el barco no se había desamarrado y aquel espectacular amanecer me carguó de energía positiva. Alex se había despertado muy activo y estaba preparándonos el desayuno, crepes con chocolate y té, un manjar para todos esos estómagos que ya llevábamos mucho tiempo en África. Tras el desayuno, zarpamos para Zinguinchor.

A mitad de viaje el barco volvió a encallara en un enorme banco de arena, asique tuvimos que realizar el mismo proceso, cuando Alex decía a popa, pues a popa corríamos todos, luego a proa, babor y a estribor, pero por muchos esfuerzos que hacíamos el velero no salía, pues esta vez la quilla parecía estar muy enterrada. La única solución era tirarnos todos al agua para reducir el peso. Tras dudar un poco, pues chapotear en aquellas aguas para nadie se hacia un plato de buen gusto, uno tras otro fuimos tirándonos al rio Cassamance. Nos enganchamos en el cayac porque el agua tenía mucha corriente y nos arrastraba.


No sé cuanto duró el proceso, pero a mí se me hizo eterno. Después del remojón y una vez el velero fuera del banco continuamos la travesía con tranquilidad, acompañados de unos cuantos delfines que de vez en cuando se acercaban para juguetear. Así llegamos a Zinguinchor, donde nos despedimos de Alex, Neus y Abraham, pues a nosotros aún nos quedaban unas tres horitas de viaje hasta llegar a casa.


Cogimos como de costumbre un transporte que nos prometió dejarnos en Bissorã pero cuando llegamos a Bula a 1h de nuestra ciudad, el coche paró y no quiso continuar, nosotros nos negábamos a salir pues ese no había sido el trato y a esas horas nos iba a costar mucho encontrar transporte hasta Bissorã. Al final vimos una candonga y nos subimos a ella, se había hecho de noche esperando a que la furgoneta se llenara de pasajeros. A mitad de camino las luces de la camioneta se apagaron, no se veía absolutamente nada, pero el coche continuaba andando a toda velocidad. Comenzamos a gritar pues aquello era realmente peligroso. Los caminos están llenos de personas y animales que van de un lado a otro, además de que nosotros éramos un punto negro en la carretera y cualquier coche nos hubiera podido llevar por delante. Gritábamos para para!! Pero el coche continuo andando en la completa oscuridad unos cuantos metros, hasta que paró y en pocos minutos arregló la avería. Fue un gran susto pero llegamos a Bissorã sanos y salvos después de un increíble viaje por el sur de Senegal.

PAU